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CUANDO LA GENTE HABLA DE RELIGION NO SABE DE QUE HABLA.

yosorep
11 jul
5 min de lectura

En este capítulo, Taleb nos quiere explicar en un principio, que aunque en muchos casos consideremos que conocemos qué es la religión, la realidad demuestra que no es así.


Pone como ejemplo el caso de Sócrates que pone a prueba a las personas que dicen cosas preguntándoles qué creen que significa las cosas que dicen.


La filosofía nace como contraparte de la retórica de los sofistas. Estos encadenan palabras y narraciones, mientras los filósofos tienen como afán el rigor en el discurso y esclarecer lo confuso.


La ampulosidad de las palabras solo tiene sentido y cabida para los poetas. Para el resto de ocasiones no sirve para entender lo que se dice, en el caso de que pueda ser conocido, porque en muchos casos las palabras son ausencia de conocimiento.

 

En el caso de la palabra religión las personas no la usan con el mismo significado o intención. Como ejemplo primero, en el origen de los musulmanes y los judíos, la religión era una ley.


Esta es una idea que no tiene que ver con los primeros cristianos, que permanecieron al margen de esa connotación.


Desde el propio Jesús, con su expresión dad al César lo que es del César…, el cristianismo se separa de la idea de ley y se centra en el reino que ha de venir y ha de crear.


Ni el islam, ni el judaísmo mantiene una marcada separación entre lo sagrado y lo profano. Y aunque es cierto que el cristianismo se fue alejando del ámbito puramente espiritual y acaba abrazando la ceremonia y el rito, esta fuente es de origen pagano.


Pero siempre ha tenido una orientación a separarse de las leyes y del Estado. Y desde el siglo IV la figura del obispo de Roma y más tarde el Papa, han sido independientes de los Estados.


Para los judíos actuales, sin embargo, la religión ha devenido en una entidad etnocultural, ya no relacionada con la ley, salvo en los casos más ortodoxos. Ha llegado a ser incluso una nación mundial.

 

Pero para seguir entendiendo que la religión no ha sido siempre igual y que no es lo mismo para todos, dentro de una misma religión como los cristianos podemos encontrar casos de minorías como los manoritas, los armenios y caldeos o los coptos, que son grupos etnoculturales.


Y en el caso de las culturas del Extremo Oriente, la religión para budistas o hindúes es más una filosofía práctica asociada a un código ético.


Un apunte relevante que hace Taleb, que conoce de primera mano esta realidad, es como deberíamos tener claro que la regla de la minoría es un poderoso y peligroso efecto en las manos de llamadas religiones como los salafistas.


En muchos casos, son en realidad un sistema político intolerante que fomenta la violencia para conseguir sus objetivos y que rechazan las mismas instituciones de las que se aprovechan para poder realizar lo que quieren.


Hoy puede ser un cáncer, pero sin solución mañana puede ser una metástasis total.


Y los resultados pueden ser similares a otras ideologías o religiones recientes con efectos conocidos.


Porque el salafismo, como ejemplo, es similar al comunismo que, en el caso soviético, con raíces también ateas ejercieron un control universal sobre toda actividad y pensamiento único, sin crítica, sin libertad.


A mi parecer, también tenemos casos peligrosos actuales en el sionismo de Israel o en ciertas corrientes dentro del catolicismo que quieren controlar la Iglesia por su valor de poder, dinamitando las bases de su religión.

 

Hemos de ser consciente en este sentido que cuando una creencia se enfrente a otra, no todas son iguales.


En muchos casos el problema de la creencia está en esa misma creencia.


Las religiones como el cristianismo, el judaísmo y cierto tipo de islam, como el chiita evolucionaron y permitieron evolucionar a sus miembros, tomando distancia de la literalidad y generando espacio para la adaptación, la tolerancia y la concordia.


Recuerda que, en muchos casos, cuando tengas enfrente a alguien de ideología o creencia distinta, puedes pensar que es como tú en la literalidad, y en ese caso el también puede pensarlo.


Ese es un error que siempre perjudica al más indulgente.

 


Ninguna plegaria sin jugarse la piel.

 

En este espacio nos refiere Taleb la relación de la religión y las creencias con el riesgo y jugarse la piel.


Empieza señalando que la afirmación del filósofo Blaise Pascal contiene un error teológico. Esta afirmación es la siguiente:


La afirmación central de Blaise Pascal es que lo más racional es apostar por creer en Dios, porque si existe se gana todo (la vida eterna), y si no existe no se pierde nada.


La estructura del argumento es que:


Creer en Dios y Dios existe → ganancia infinita: salvación, vida eterna.

Creer en Dios y Dios no existe → pérdida mínima: nada esencial se pierde.

No creer en Dios y Dios no existe → tampoco se gana nada.

No creer en Dios y Dios existe → pérdida infinita: condenación, ausencia de salvación.


Conclusión de Pascal: “Si gana, lo gana todo; si pierde, no pierde nada. Apueste a que existe sin dudar”.


Pascal subraya que no podemos evitar elegir; la neutralidad no existe, porque vivir ya implica una postura frente a Dios.


Existe una racionalidad práctica porque, aunque la probabilidad de la existencia de Dios fuera pequeña, el valor infinito de la recompensa hace que la apuesta sea la opción más sensata.


Pero también una dimensión existencial más allá de la matemática del argumento, Pascal invita a considerar la fe como una elección vital que afecta la manera en que vivimos.


A ojos de Taleb, este razonamiento supone una simetría entre el precio que pagas y lo que recibes. Las cosas así serían muy fáciles.


Y asevera que las reglas de asunción de riesgos que se aplican a los seres humanos también se aplican a nuestras relaciones con los dioses.

 

De todos modos, lo interesante es que Pascal no reduce la fe a un cálculo frío, sino que usa la lógica como puerta de entrada al misterio.


La apuesta es un umbral: un recordatorio de que la razón sola no basta, pero puede señalar hacia lo que está más allá de ella.


Nos encontramos con una metáfora del riesgo existencial: creer es lanzarse al infinito, donde la ganancia es plenitud y la pérdida, nada.

 


En este capítulo Taleb continúa con un viaje histórico desde hace tres mil años atrás, desde Abraham, pasando por las culturas semíticas y griegas previas y coetáneas a la época de Jesús, y de ahí hasta nuestros días.

 

En ese viaje el sacrificio tuvo una evolución, que va desde las más antiguas entregas de vidas humanas a Dios, hasta las de animales. Y como en el caso del cristianismo, se acaba eliminando el sacrificio de animales por la de Cristo.


Y hoy, la Eucaristía supone una celebración y representación del sacrificio de Jesús por nosotros.


Pero el sacrificio supone una prueba de amor que en este sentido el autor manifiesta con las siguientes palabras: el amor sin sacrificio es robo.


Aplicable a todo tipo de amor, especialmente a Dios, supone un jugarse la piel, porque en definitiva es tener en cuenta la voluntad del otro, y la de Dios.


De este modo, la fuerza de un credo queda definida en un poder de un Dios que se manifiesta en el riesgo asumido de los que adoran a su Dios.



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