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Cómo ser racional con la racionalidad.

yosorep
25 jul
8 min de lectura

En una parte de su libro Jugarse la Piel, Nassim Taleb aborda el tema del riesgo y su relación con la racionalidad.

 

Taleb empieza por hacer una observación relacionada con la religión por la que dice que las supersticiones ancestrales y en estas religiones lo que debería importar es el propósito de las mismas y no su racionalidad.


En un sentido científico, el concepto de creencia se presenta en un sentido literal, como dos opciones: verdadera o falsa, nunca de manera metafórica.


Pero en la vida real se convierte en un instrumento para hacer cosas, y no es el producto o resultado final lo que importa.


Lo que importa es lo que sobrevive y lo que es útil para tu supervivencia.



La ergodicidad primero.


Partiendo del concepto de ergodicidad, muy usado por Taleb y, entendiendo que un sistema es ergódico si al observarlo durante suficiente tiempo, sus trayectorias exploran todas las posibilidades y el promedio temporal coincide con el promedio estadístico.


Aplicado a las creencias y sus posibles distorsiones, como puede ocurrir con los sentidos, hemos de tener en cuenta que estas no serán rechazables mientras no provoquen algún tipo de daño.


Albergar supersticiones no es irracional conforme a ningún parámetro.


Podrás hacer uso de ellas o no, pero no señalarlas como que no tienen racionalidad, en el sentido de lo que importa es su utilidad y su inocuidad.


Taleb dice que nadie ha logrado forjar un criterio para la racionalidad basado en acciones que no conlleven ningún coste.


Pero que los actos que te perjudican son detectables, en muchos casos observables y eso es lo relevante.


Lo que importa es sobrevivir.


Lo que importa es evitar el riesgo que produce la quiebra definitiva.


Primero actúa la supervivencia; después, la verdad, la comprensión y la ciencia.


Con ello nos quiere decir que no necesitamos la ciencia para sobrevivir.


La humanidad ha llegado aquí mejorando con la ciencia, pero no ha sido el motivo de la supervivencia de la especie.


Para hacer ciencia primero hemos de sobrevivir.


Primero vivir y luego filosofar.


Porque también filosofar no es un camino a la solución de problemas sino una capacidad para poder sobrevivir con esos problemas.


También W. Buffet lo dice: para ganar dinero primero tienes que sobrevivir.


Pero también va de asumir riesgos, sobreviviendo, y ahí es donde el concepto de ergodicidad juega un papel.

 

Pero ¿qué queremos decir con supervivencia? Y también preguntarnos la supervivencia a qué nivel o escala.


Cada uno tenemos una vida que conocemos limitada, por lo que conviene es la supervivencia de aquello que no tiene una vida limitada o que al menos nos trasciende.


Desde mi punto de vista, esta forma de ver las cosas es una manera de encontrar sentido a la vida.


Trascendemos con nuestra forma de vivir, educar, dar ejemplo, generar patrimonio…


Y de manera general, por lo tanto, deberá importar más la humanidad que el individuo.


El planeta que mi casa.



Volviendo a la ergodicidad, y para entenderla, un ejemplo ergódico sería lanzar un dado infinitas veces.


El promedio de los resultados en el tiempo (para un jugador) coincide con la distribución estadística (1/6 para cada cara).


Y un ejemplo no ergódico: la ruina financiera. Si un inversor quiebra en un solo intento, no puede seguir “repitiendo” el juego para que el promedio temporal se acerque al estadístico. La pérdida es irreversible.


Eventos de cola larga: Taleb subraya que en el mundo real abundan sucesos improbables, pero de gran impacto (cisnes negros).


Estos rompen la suposición de ergodicidad porque no se distribuyen de manera uniforme en el tiempo.


La consecuencia práctica es que los modelos que asumen ergodicidad (por ejemplo, que el pasado predice el futuro) son peligrosos.


En sistemas no ergódicos, una sola catástrofe puede destruir el promedio esperado.


Taleb propone estrategias robustas y antifrágiles, que no dependan de la ilusión de que el tiempo suaviza las pérdidas, sino que reconozcan la fragilidad de sistemas no ergódicos.

 

También explica Taleb un dilema entre el sesgo sistemático y la varianza, afirmando que es preferible la primera, mientras se acerque al objetivo y evite con ello mantener una distancia hacia el desastre.


La varianza, como volatilidad, nos permite acercarnos al objetivo con mejor resultado, pero nos abre la puerta al deceso.



De Herb Simon a Gerd Gigerenzer.


H. Simon es padre del concepto conocido como racionalidad limitada con el que quería explicar que los seres humanos no toman decisiones de manera plenamente racional, porque están condicionados por tres limitaciones: la información disponible, la capacidad cognitiva y el tiempo.


No somos ordenadores.


Fue pionero de la inteligencia artificial. En su obra Administrative Behavior (1947) introdujo por primera vez la idea de la racionalidad limitada, recibió el Premio Nobel de Economía en 1978 por sus investigaciones sobre la toma de decisiones en organizaciones.


Su idea de racionalidad limitada es una crítica al “hombre económico”.


Las teorías clásicas suponían que los individuos eran capaces de analizar todas las alternativas y elegir la óptima.


Simon cuestiona esta visión debida a tres limitaciones principales:


1.      Información incompleta: nunca conocemos todas las consecuencias de nuestras decisiones.

2.      Capacidad cognitiva limitada: nuestra mente no puede procesar toda la complejidad de los problemas.

3 Tiempo restringido: las decisiones deben tomarse bajo presión temporal.



El resultado es la realidad que nos lleva en lugar de optimizar a satisfacer, es decir, buscan soluciones suficientemente buenas, no perfectas.


Y para ello recurrimos a atajos mentales y reglas prácticas para decidir, en vez de cálculos exhaustivos.


Recurrimos a heurísticas y aceptamos distorsiones.


Sus ideas tuvieron impacto en la economía conductual, en las organizaciones e inspiraron a la IA con el desarrollo de sistemas que simulan procesos de decisión humana con limitaciones cognitivas.


Por lo tanto, podemos concluir que el conocimiento del mundo es incompleto en su esencia y tener esto en cuenta nos ayuda a evitar problemas inesperados.


Y en el caso de que fuera completo, no asegura la posibilidad de comprender la realidad de una manera precisa e imparcial.


Realiza un señalamiento claro contra el pseudorracionalismo.


Simon muestra que la pretensión de una racionalidad absoluta es ilusoria. La verdadera sabiduría está en reconocer los límites y actuar con discernimiento.


Gigerenzer ha desarrollado y ampliado el concepto de racionalidad limitada de Simon hacia lo que llama racionalidad ecológica.


Gigerenzer mostró cómo los heurísticos simples pueden ser altamente eficaces en contextos reales.


Enfatiza que la racionalidad no debe medirse contra un ideal abstracto, sino en relación con el entorno en el que se toman las decisiones. Algunos actos vistos desde la superficie pueden parecer ilógicos, pero obedecen a razones más profundas.



Revelación de preferencias.

 

Ken Binmore es un matemático y economista británico, pionero en teoría de juegos y economía experimental, que ha investigado cómo las preferencias reveladas en contextos de negociación y juegos estratégicos muestran más aprendizaje y auto‑interés que altruismo puro.


Fundador de la teoría moderna de la negociación junto con Nash y Rubinstein. Pionero en la economía experimental, probando en laboratorio la validez de la teoría de juegos.


En lo que aquí nos interesa demostró que lo que denominamos racionalidad está mal definido y realizamos un uso de este término plagado de incoherencias.


En ese sentido, podemos señalar las creencias al menos, como no irracionales, y al menos útiles para señalar atajos o herramientas para llegar a algo.


Taleb considera en este punto tres máximas a tener en cuenta:


Juzgar a la gente por sus creencias no es científico.


No hay racionalidad en las creencias, hay racionalidad en las acciones.


La racionalidad de una acción solo puede juzgarse en términos evolutivos.


Nunca sabremos lo que la gente piensa realmente, no podemos anticiparnos a sus actos y si se lo preguntamos, probablemente no lo sepan.


Al final importa el precio de sus decisiones.


En muchas ocasiones obtenemos mejores resultados cometiendo errores en el desarrollo de decisiones entre el dilema del sesgo y la varianza.


Cometer cierto tipo de errores puede ser una opción racional cuando los costes del error son pequeños.


De hecho, muchos de los grandes descubrimientos de la historia son resultados de errores y de efectos secundarios.


Miremos en la medicina casos como la penicilina.


Esto demuestra o debería convencernos una vez más que el Estado se arrogue un poder del que no está capacitado: tomar o señalar decisiones por nosotros sin asumir los riesgos.

 

 

De qué trata la religión

 

Taleb afirma que la religión sirve para imponer un control sobre los riesgos de cola a lo largo de generaciones.


Las religiones tienen reglas binarias fáciles de enseñar, entender y aplicar que hacen que puedan ser asumidas con incondicionalidad.


Puede que no sean del todo racionales, como hemos dicho, y que no tengan criterios que sean capaces de facilitar o completar la realidad del universo, pero han sido efectivas a la hora de hacer sobrevivir a la humanidad.


Incluso las supersticiones, apartadas de toda lógica según afirma Taleb, actúan como vectores de las reglas de gestión de riesgos.


Y por ello, la evidencia nos presenta que personas supersticiosas han sobrevivido, lo que no desacredita su función.


No podemos soñar con la realidad. Y esta, tercamente nos señala que la mayoría de la gente no toma sus decisiones en términos de probabilidad.


Taleb afirma que existe una situación de incompletitud en la toma de decisiones debido a las condiciones de opacidad que rodean el universo.


La ciencia es una disciplina demasiado incompleta como para poder ofrecer respuestas a todo lo que se le plantea o aplica.


Y es en este último caso, en la aplicación, donde surge un verdadero problema debido a que es propiamente poco científico utilizar la ciencia fuera de los ámbitos estrictos donde si funciona.


La propia ciencia pone un límite y una definición a las cuestiones en las que las pruebas son poco fiables o insuficientes por su grado de opacidad.


Esta opacidad es vendida por algunos pseudocientíficos que quieren confundir la ciencia aplicándolo a todo, para generar cientifismo.


La ciencia genuina es un proceso riguroso que no se puede aplicar a todas las cosas y situaciones.


Puede resultar incoherente criticar algunas supersticiones concebidas para reportar beneficios a la humanidad, mientras que se aceptan y no se pone reparo a ilusiones “científicas” que no tienen aplicabilidad científica y que además no redundan en ningún beneficio a nuestra supervivencia.


La noción de racional, manoseada y maniquea, que solo es cientifismo, ni siquiera soporta la regla del tiempo que si define a muchas creencias.

 

Para diferenciar las creencias, Taleb habla de cháchara y cháchara barata. Y se basa en la afirmación siguiente:


“No son lo mismo las creencias decorativas que las que nos llevan a actuar”.


Ahora toca entender lo que quiere decir esto. Y la clave está en las creencias que asumen riesgos y las que no.


Importa en este caso para diferenciar, si podemos perder algo si nos equivocamos…


Para ello, Taleb replantea el principio anterior, muy en la línea de la teoría del libro de Annie Duke “Decide y apuesta”:


“Hasta qué punto crees sinceramente en algo cuya verdadera entidad solo se pondrá de manifiesto en lo que estás dispuesto a arriesgar para obtenerlo”.


Esto no elude que existan componentes decorativos en las creencias que no forman parte ni del riesgo ni de su efectividad. Estas reglas existen. Otra pregunta es ¿para qué existe?

 

Lo decorativo no es sinónimo de superfluo. Al menos en términos de complejidad puede significar todo lo contrario.


Lo puede corroborar dos maestros de la estadística compleja que es el tiempo: los ancianos y la propia estadística compleja.


Para ello usa la función de la supervivencia.


Podríamos poner como ejemplo la religión católica para considerar la creencia en términos evolutivos, pero no mirando a la competencia entre ellas sino en la supervivencia de los pueblos que la acogieron.


De hecho, muchas personas no practican la religión y se pueden incluso considerar agnósticas o ateas, pero saben cual es la cultura que las guía y las eligen como medio de supervivencia.  

 


El efecto Lindy nos da una pista importante de lo que podríamos considerar racional, racionalidad o razonable.


En la antigüedad, el pensamiento señalaba el concepto actual de racional desde el término griego sophrosyne, que significa precaución, autocontrol y templanza a la vez.


Y solo el período post ilustrado lo sustituyo en la ilusión de estar cada vez más cerca de comprender el mundo por racionalidad y toma de decisiones racionales.


Es una pretensión de simplificar el mundo, volviendo la cara a la aleatoriedad y simplificando con el riesgo de la supervivencia.


Para Taleb, la única definición de racionalidad, por práctica, empírica y matemáticamente rigurosa es la que permite la supervivencia.


“Cualquier cosa que nos impida sobrevivir en términos individuales, colectivos, tribales o en sentido general es, desde mi punto de vista, irracional”.


La razón prima entonces el principio de precaución y la sólida comprensión de los riesgos que siempre debiéramos tener presente.


La racionalidad no depende entonces de factores explicativos explícitos, sino simplemente de lo que permite la supervivencia.


“No todo lo que ocurre, ocurre por una razón, pero todo lo que sobrevive, sobrevive por una razón”.


En definitiva, la racionalidad es gestión del riesgo y nada más.


 

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