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DECIDE Y APUESTA. Annie Duke (III)

  • yosorep
  • 31 dic 2025
  • 14 Min. de lectura

 Ya hemos anunciado que la vida es una secuencia recurrente de apuestas.


Pero no basta con saber eso o ser consciente.


Lo que verdaderamente transforma y nos interesa es saber apostar y todo lo que rodea al mundo de la apuesta o decisión.


Conocer todo esto es un proceso de aprendizaje y cambio que desarrollamos a continuación.



APOSTAR PARA APRENDER.

 

 La experiencia es necesaria para conseguir expertise, esa capacidad que de manera heurística resuelve problemas o busca soluciones.


Pero esta experiencia si bien es una condición necesaria para decidir, no es suficiente. De igual modo que solo algunos estudiantes o hijos hacen caso de sus profesores o padres, algunas personas no aprenden de la experiencia propia.


Todos aspiramos a conseguir algún objetivo a largo plazo y para ello necesitamos aprender de los resultados que obtenemos en decisiones previas. Pero debemos preguntarnos sobre algo y ese algo es reconocer si hemos entendido previamente el problema que tenemos por resolver.

 


Los resultados nos dan respuesta.

 


Aldous Huxley nos dice que “la experiencia no es lo que sucede al ser humano, es lo que el ser humano hace con lo que sucede”.

 

Acumular experiencia no asegura ser experto.


Solo ocurre cuando somos capaces de identificar que los resultados de nuestras decisiones tienen algo que enseñarnos y qué es ese algo.


Cualquier decisión es una apuesta sobre un resultado futuro más o menos inmediato.

 

               Creencia>apuesta>conjunto de resultados.

 

Pero el valor de la experiencia está en responder a ¿por qué sucedieron las cosas de esa manera?

 

El ciclo de aprendizaje funciona en una sucesión en cadena:

 

Creencia>apuesta-decisión>resultado>apuesta 2------------Creencia.

 

Tenemos oportunidad de aprender viendo como se desarrolla el futuro si intentamos mejorar nuestras creencias y con ello las decisiones posteriores.


Debemos tomar las evidencias de nuestras experiencias como medios de mejorar nuestra incertidumbre sobre nuestras creencias y mejorar nuestras elecciones. Y esto supone un trabajo y un esfuerzo pesado que sin embargo reduce la incertidumbre, mejora nuestras creencias y por ello también nuestras decisiones (resultados).


El mundo no es ideal. No es una partida de ajedrez. Podemos reducir incertidumbre, pero no erradicarla. Y es por ello que solo podemos mejorar el vínculo y la relación decisión-resultado, pero no resolverla definitivamente.


Aunque el mundo nos de cada vez más datos y acceso a la información, esta no está normalmente clasificada y lista para su interpretación directa. Ese es un trabajo nuestro de cara al proceso de decidir.


Se nos da bien identificar objetivos en general y “objetivos más” en particular, pero no llegamos a conseguir esas metas por lo difícil de ejecutar las pequeñas metas o acciones que nos llevan al objetivo.


El ciclo del aprendizaje se cierra cuando somos capaces de reconocer y aprender del resultado de nuestras decisiones y mejorar las creencias, pero reconociendo siempre la intercesión del AZAR.

 


Azar frente a habilidad: despliegue de resultados.

 


Nos desenvolvemos en las decisiones y acciones de nuestra vida con una combinación de habilidad y azar.


Esa parte del resultado que proviene de nuestra toma de decisiones en la que la habilidad es la parte esencial es la que debemos mejorar y desarrollar. Y también debemos creer que la calidad de nuestra toma de decisiones es la principal influencia en como han resultado las cosas. Pero no debemos nunca olvidar que el azar existe y condiciona en muchas ocasiones el resultado. Será producto del azar la parte de o las decisiones que no tienen un resultado neto dependiente de la decisión.


Para poder identificar o reconocer tras un resultado si este fue consecuencia del azar o de la habilidad o en qué grado influyen cada uno de ellos es necesario un ejercicio consciente y recurrentemente esforzado que solemos rechazar. El nuevo ciclo de aprendizaje sería entonces:


>>creencia > apuesta > resultado << suerte

                                                                          >> habilidad  >> creencia.

 

La dificultad estriba en reconocer en cada resultado qué se debe al azar (cubo del azar) y qué se debe a las habilidades (cubo de las habilidades).

 


Trabajar marcha atrás es difícil.

 


Trabajar marcha atrás significa evaluar decisiones desde el resultado acaecido. Esta forma de evaluar es complicada porque un mismo resultado puede ser consecuencias de varias y distintas decisiones.


Los resultados no nos dicen qué fue responsabilidad nuestra y qué no. El resultado no es la fuente cierta de la que podemos concluir el mérito de la habilidad y que parte puede pertenecer al azar.

 

El resultado nunca está completamente determinado por la habilidad o su ausencia. Buenos y malos resultados serán combinaciones de azar y habilidad, pero nunca el resultado deberá ser la señal de la buena o la mala decisión.

 

Habitualmente atribuimos buenos resultados que provienen del azar a habilidades personales o una buena decisión. Y, al contrario, atribuimos a la suerte (mala) el mal resultado de una decisión. Y esto es una falacia y un autoengaño.


La incertidumbre es igual a la combinación o suma de azar más información oculta, y forma parte importante de muchas de nuestras decisiones. Debemos tenerla siempre en cuenta.

 

  

Si no fuera por el azar ganaría siempre.

 


Claro, porque decidir no sería una partida de póker, sino una partida de ajedrez.


Además, como sabemos por el razonamiento motivado, los errores de interpretación que cometemos son aleatorios. “Somos predeciblemente irracionales” según Dan Ariely.


Nos atribuimos los aciertos y señalamos a la suerte los errores. Por eso no aprendemos de nuestra experiencia. Es consecuencia del denominado sesgo de interés personal.


Por este sesgo nos comportamos como científicos ingenuos cuando descubrimos el porqué de unos resultados, pero adaptamos la razón a nuestros deseos y un motivo que nos halague y no nos haga sentir mal: autoengaño.


Este sesgo por tanto tiene consecuencias inmediatas para nuestra capacidad de aprender de la experiencia.

 


El pensamiento de todo o nada vuelve a asomar la cabeza.

 

Cuando aceptamos ser binarios en nuestra decisiones y pensamientos, blanco o negro, no estaremos afectados (o eso pensamos) por la incertidumbre. Estaremos abonados al pensamiento motivado y al sesgo del interés personal.


Si no aceptamos matices en nuestras decisiones solo cabe estar acertados o errados, degradaremos cualquier información que contradiga una creencia.


No tendremos una opción de estar más o menos seguros, estaremos en un todo o nada y probablemente ignoraremos e desacreditemos la información para aferrarnos a nuestras creencias.


Los sesgos nos hacen ver los resultados con un valor amplificado de nuestras habilidades en el caso de alcanzar resultados positivos. Sin embargo, en caso de tener resultados negativos señalaremos al azar.


Tanto el razonamiento motivado como en el caso del sesgo de interés personal, orbitamos en torno a una narrativa positiva sobre nosotros o una creencia a la que nos aferramos firmemente. Buscamos sentirnos bien, evitando la mala sensación por estar equivocados.


Interpretamos los resultados con el objetivo de promocionar o defender nuestra narrativa personal con una actitud binaria que nos lastra o incapacita para tomar decisiones buenas. Y aprender de la experiencia puede ser imposible. Y ya sabemos que el resultado no es un indicador perfecto de la influencia del azar o de la habilidad.


Detrás del sesgo de interés personal hay un incentivo para actualizar nuestra imagen personal y esto señala dónde podemos buscar soluciones.


El ego y la necesidad de narrativas la referencia del mérito y de la culpa no mejorará esta actitud. Para poder salvar estas narrativas y estos sesgos además de aprender de la experiencia, debemos referenciar el resultado al esfuerzo, que resulta más objetivo, al tener en cuenta la influencia del azar además de nuestras habilidades. De este modo nos aproximamos mejora a la verdad.

 


La gente observa

 

Queda hacernos la pregunta de si no podremos aprender observando a los demás a la vez que de nosotros mismos o en ausencia de nuestra capacidad para aprender de nosotros mismos.


En cualquier caso, la observación es un método de aprendizaje. En algunos casos también cuando lees…


Observar es una fuente de aprendizaje tan real como práctica. En estos casos, con independencia de qué o cuanto aprendamos, normalmente será una fuente gratis de aprendizaje en el sentido de las consecuencias que sufrimos o en este caso evitamos.


Todos esos riesgos y costes de dinero, tiempo, salud, felicidad o problemas en general asociados a la decisión y su resultado. En este caso lo pagan otros. Es información gratuita y abundante en todo el mundo.


Pero en estos casos también hay sesgos. Al igual que sesgamos los resultados de nuestras decisiones, también nos arrogamos la capacidad de interpretar los resultados de otros.


Aplicamos el pensamiento binario siempre que lo tengamos. En este caso los malos resultados siempre serán responsabilidad del observado y sí observaremos un componente de suerte en sus buenos resultados.


Jean Cocteau decía que debemos creer en la suerte, porque ¿de qué otro modo podemos explicar el éxito de las personas a las que odiamos?  


Tenemos una doble moral para atribuir mérito. Como la doble vara de medir que usamos de manera recurrente con nuestras creencias.


Existe un patrón universal de culpar a los demás por los resultados negativos y de atribuirnos el mérito de los positivos.

 


Tener reglas para tomar decisiones que evitan errores no deberían ser tomadas como la tabla de los mandamientos.


Es bueno tenerlas, pero es mejor todavía ser consciente de que podemos experimentar u observar alternativas que funcionan fuera de las reglas.


Porque como ya hemos incidido el mundo no es blanco o negro. Nos pueden tocar los grises que no vemos o no queremos ver. Y esas son alternativas que existen. De lo contrario permanecemos en una visión sesgada que puede limitar nuestro aprendizaje y experiencia de la vida de una manera considerable.


Una sistemática de mala interpretación de decisiones de los demás, o incluso nuestras, también puede llevar a costes reales como no alcanzar nuestras metas, pero también a falta de compasión, a los demás y a nosotros mismos.

 


Resultados de los demás se reflejan en nosotros.

 

Las personas tenemos una preferencia por lo más inmediato, por el corto plazo. Y esa preferencia se manifiesta en el caso de sentirnos bien ahora que no mañana, aun a expensas de un potencial futuro peor.


Pero ahora nos toca entender un sentimiento opuesto a la compasión, que es aquel que nos lleva a obtener placer con los infortunios de los demás.


Nuestra felicidad, en un estado básico, debiera consistir o depender de cómo nos van las cosas a nosotros, con independencia de cómo les vaya a los demás.


Sin embargo, nos hace sentir bien el hecho de que algo del resultado de otra persona fue por su culpa y si le fue bien fue por suerte. Porque esto nos da opción de reforzar nuestras narrativas.


Tenemos un patrón de suma cero o de simetría cuando cuadramos nuestra habilidad o mala suerte en nuestro resultado con la habilidad o suerte de la otra parte. Esta interpretación desactiva las disonancias cognitivas. Catalogamos a los resultados de los demás por el riesgo del interés personal.


Tenemos muchos aspectos de la vida cotidiana que funcionan como partes de juegos de suma cero, yo gano tu pierdes o a la inversa (deportes, juicios, ventas,…) Pero además de todo esto hay una condición humana que condiciona todo esto, y que señala Richard Dawkins en su libro El Gen Egoísta.


Para el y su teoría, estamos condicionados por la estructura más básica a nivel biológico, el gen, que para sobrevivir y evolucionar se la llevado por una lucha de supervivencia y competición de un solo ganador. Y esa condición de nuestra genética se ha trasladado a nuestro fenotipo y a nuestra conducta desde su arraigo en nuestro cerebro animal.


Es por esto que sentimos que perdemos donde o cuando otros ganan.

 


La felicidad, es otra referencia personal de la que buscamos y en algunos casos consideramos conocer los ingredientes.


Y aunque existen circunstancias objetivas que las explican y deberían ayudar a estar felices (felicidad incompleta de Francesc Torralba), y entre estos los ingresos recurrentes o la solvencia económica, la salud, pareja estable y buenas relaciones, ausencia de tragedias, traumas o problemas mínimos, todas estas condiciones favorables no aseguran ni cierran la posibilidad de ser felices.


Y ello es según nos dice Sonja Liwbomirsky debido a que los acontecimientos de la vida correlacionan con la felicidad de manera más efectiva por el efecto comparación.


En esa línea de pensamiento, un juego común de comparación es proponer a las personas permanecer hoy con 70.000 $ o volver con la misma cantidad al año 1.900. La mayoría acepta la segunda opción por comparativamente estar mejor económicamente y en relación al resto de las personas, pero no valoran todas las ventajas sociales económicamente accesibles hoy e incluso la mayor y alejada media de supervivencia en vida de 47 años entonces. Hoy tenemos más recursos y comodidades para vivir mejor más tiempo, pero con una clase media más importante.


Este hábito de comparar, además de complicar nuestra felicidad nos impide aprender. Sin embargo, si cambiamos esta referencia de comparación y compasión para hacernos sentir bien y felices, no solo conseguiremos esto, sino también avanzar hacia una racionalidad interpretativa de los resultados y compasiva con los demás y nosotros mismos.


Aprenderemos mejor, abriremos nuestra mente, nos comprometeremos más por conocer la verdad, atribuir bien los méritos y sobre todo discernir que casi nada es blanco o negro.

 

 

Moldeando los hábitos.

 

De la manifiesta realidad que es la oportunidad de aprender de los errores y que, siendo consciente de los hábitos como las conductas adquiridas que nos llevan directamente a los resultados, con el permiso del azar, deberíamos preguntarnos cómo podemos modificar estos últimos, para mejorar los resultados, la experiencia y alcanzar los beneficios más convenientes de resultados más racionales.


Los hábitos siguen un ciclo neurológico reconocido con tres partes diferenciadas y secuenciales:


1.      Señal.

2.      Rutina.

3.      Recompensa.


Charles Duhigg en su libro El poder de los hábitos nos señala una regla de oro que nos permite cambiar los hábitos que no nos interesan contando para ello el respeto del ciclo. Romper el ciclo es asegurar el fracaso en el cambio de cualquier hábito. Pero esa regla de oro mantiene las partes relevantes del ciclo para cambiar la parte realmente decisiva en el resultado que deseamos: “para cambiar un hábito hay que mantener la antigua señal (1) y recibir la antigua recompensa (3) pero cambiando o insertando una nueva rutina (3).


Un buen resultado confirma nuestra rutina como favorable o apropiada y refuerza nuestra capacidad o habilidad de tomar decisiones. Ello a su vez podrá recompensar con la actualización positiva de nuestra narrativa personal.


Un mal resultado sin embargo nos descarga de responsabilidad cuando mantenemos nuestros sesgos y creencias, recompensando la evasión de actualizar negativamente nuestra narrativa personal.


Con las mismas señales cambiamos la rutina para los resultados de nuestros iguales, pero la gratificación no cambia: sentirnos bien con nosotros mismos.  

 

Podemos trabajar para modificar un hábito y sustituirlo por otro más conveniente, que nos haga sentir bien.


Por la regla de oro, no tenemos que renunciar a la recompensa de una actualización positiva de nuestra narrativa.


Respetamos el ciclo del hábito y construimos nuestro cerebro mientras respetamos como está el cerebro construido.


Porque el cerebro está diseñado para buscar actualizaciones positivas de nuestra imagen personal.


También para vernos nosotros mismos en competición con nuestros iguales. Trabajando en el modo como funciona y está construido el cerebro podemos moldear nuestros hábitos buscando una mayor oportunidad de éxito trabajando con él. Cambiamos la parte más plástica, la rutina, para aportarnos una sensación agradable a nuestra narrativa y las características por las que nos comparamos con los demás.

 

Fue desde las conocidas experiencias de Pávlov con perros cuando pudimos conocer la posibilidad de cambiar los ciclos psicológicos de los que hablamos. Podemos cambiar la campana que hacemos sonar y sustituirla para cambiar hábitos y mantener satisfacciones realmente buenas para nosotros como personas o comportamientos válidos para nuestra salud, relaciones, economía, etc.

 

Sin estos cambios estaremos perdiendo oportunidades de aprendizaje solo por evitar la sensación de culpa.


Si nos esforzamos, podemos transformar los hábitos poco productivos del sesgo de interés personal y el razonamiento motivado en hábitos productivos y razonables. Se trata de practicar una rutina que interprete nuestros resultados de un modo más objetivo, abierto de mente, riguroso, que busque la verdad e impulse el aprendizaje.


Se trata en definitiva de alcanzar un hábito mental nuevo que permita que nuestras decisiones se alineen mejor con la ejecución de nuestros objetivos a largo plazo.


Mientras que personas renuncian a la búsqueda de la verdad y el aprendizaje por mantener un resultado que busca el mérito y rechaza la culpa, las que alcanzan mejores desempeños adoptan una postura más humilde que soslaya el sesgo de interés personal que interfiere en el aprendizaje.


Buscar una aspiración más legítima a una narrativa personal a prueba de todo es posible cuando desde la humildad se ha desarrollado hábitos en torno a la autocrítica precisa.

 

La humildad da la opción de evaluar resultados de manera objetiva y sin ser el mejor en nada, esta actitud conduce a la posibilidad de ser mejor.



Cambiar la rutina no es sencillo. Requiere un esfuerzo. Y eso es lo que debemos evitar para cambiar una rutina.


Duhigg recomienda respetar los ciclos de los hábitos, pero también podemos respetar nuestra humana condición competitiva y que nuestras narrativas personales no existan en el vacío.


Para ello, manteniendo la recompensa de sentir que nos va mejor que la mayoría, solo deberemos cambiar las características que comparamos o ponemos en competición; por ejemplo, estar más y mejor dispuestos a admitir errores, explorar las razones de nuestras equivocaciones, tener la menta abierta, aunque admitamos las razones de los demás. Es una vía o la mejor para sentirnos bien con la comparación.

 

Debemos cambiar lo que nos contamos. Debemos cambiar el estribillo del sesgo de interés personal, que nos dice que las cosas van muy bien porque estás tomando buenas decisiones cuando aciertas y señalar al azar cuando las decisiones no son buenas.


El nuevo estribillo deberá admitir mis errores y la influencia del azar en mis éxitos, reconociendo los buenos razonamientos y decisiones de los demás, permitirme compartir mis fallos para aprender de ellos.


Tomar el hábito difícil pero fructífero que identifique oportunidades de aprendizaje que no se pasan por alto por desidia, y hacer que todo ello me haga sentir bien para reforzar esta nueva y mejor rutina.


Esta es la solución más práctica e inmediata al mundo y cerebro evolucionado que disponemos, a nuestra vida común. Poner foco en la precisión y buscar la verdad. Podría ser mejor sin el juicio y la competición, pero no somos monjes budistas, ni todos podemos llegar a la consciencia, la interioridad y el control de emociones necesario.


Pero sí podemos cambiar la mentalidad y desarrollar hábitos mentales más productivos y prácticos, una disposición deliberativa y crítica.


Puede ser crítico e importante desarrollar estos nuevos hábitos que nos permitan poner el foco y la mirada en los objetivos a largo plazo.



¿Cuánto apuestas? Renovado.

 

Para reconfigurar los hábitos necesitamos un cambio de mentalidad que nos aleje del sesgo de interés personal.


Recuerda que siempre será más fácil ganar una apuesta o acertar contra alguien que adopta posiciones extremas: blanco o negro.


Recuerda poner todas tus opiniones y creencias a prueba con el recurso de apostar por ello.


Reconoce la forma en que interpretamos un resultado es una apuesta.


Es póker, con causas o soluciones alternativas.


Esto es buscar la verdad: examinar y refinar o redefinir nuestras creencias. Mirar con mucho más detenimiento para revelar como explícito lo implícito.


Se trata de hacer más objetiva la interpretación de los resultados con un registro real o intuitivo y convertirlo en un hábito mental que desencadene una exploración mucho más abierta de mente a hipótesis alternativas, evitando el sesgo de interés personal, explorando los lados opuestos de los argumentos con recurrencia seria con el objetivo de aproximarnos a la verdad.


Pensar como apuestas nos ayudará a tomar perspectiva para intentar acercarnos a una verdad objetiva.


Porque lo común será que hacemos diferencias al interpretar nuestros resultados a cuando lo interpretamos de otros, de modo que la norma suele ser restar importancia al éxito de los demás, dando valor a la suerte de los demás, y actuando de manera inversa con nuestros resultados y decisiones.


Pero la verdad es probable que se encuentre en esos grises que el universo tanto gusta en devolvernos, que esté en medio del camino entre la manera que interpretamos nuestros resultados y la manera en que lo señalamos de los demás.


En definitiva, adoptar la perspectiva de otra persona nos acerca a un punto medio donde es más fácil encontrar la verdad.


Si somos capaces de probar hipótesis alternativas y tomar perspectiva, nos permitiremos comprender y afirmar que los resultados rara vez toman un cien por cien de suerte o de habilidad.


Cada información no merece nunca una confirmación inmediata o su aceptación arrastrados por sesgos de confirmación de nuestras creencias y tampoco merece un rechazo incuestionable.


Sólo podremos modificar nuestras creencias si sabemos, entendemos y aceptamos la posibilidad de un espectro de opciones.

 

Esta actitud nos permite acercarnos a una capacidad de compasión para con los demás y con nosotros.


Esta actitud nos permite aceptar resultados con más de una casusa, no plena ni puramente consecuencia de un factor. Entendiendo que la incertidumbre rodea la decisión y el resultado.


Esto nos permite identificar de un resultado negativo una opción de aprendizaje y mejora. Y que nos saber está bien si lo promovemos como antesala de saber más.


Esto nos permite vivir mejor, alejados de la tensión de los extremos, donde la reflexión, la compasión y la realidad suelen estar.

 

 

El camino difícil.

 

Pensar en términos de apuestas es difícil. Es un proceso deliberativo en el que algunos momentos no tenga sentido.


Y además debemos ser conscientes que liberarse de las trampas que nos llevan al sesgo de interés personal y el razonamiento motivado son inevitables, pero si graduables.


Es duro, y moldear los hábitos que lo evitan requiere tiempo, preparación, práctica y repetición.


Pero no siempre será igual de difícil y la aplicación de deliberación y esfuerzo al principio contará con la ventaja final de un hábito creado.


El sesgo de interés personal no desaparece, como tampoco el razonamiento motivado. Pero si podemos transformar nuestra vida con previsión interpretativa de los resultados, objetividad y oportunidad de aprendizaje.


Pensar en apuestas corrige el rumbo que tomamos para decidir.


Con independencia del resultado final, el proceso asegura decisión apropiada o alcanzar el destino.


Mejor si es a largo plazo.



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