DECIDE Y APUESTA de Annie Duke (I)
- yosorep
- 30 dic 2025
- 13 Min. de lectura
Annie Duke escribe este libro para explicar cómo el mundo del póker, donde estuvo desarrollando una carrera profesional durante 20 años, pudo experimentar como en un laboratorio el ensayo y aprendizaje de toma de decisiones que no solo en el póker le sirvió, sino que llevó a una útil práctica y reflexión al resto de su vida.
Cada mano, de un par de minutos, da información inmediata del resultado de tus decisiones, pero ganar y perder da señales imprecisas de esas decisiones debido a que la calidad de estás están condicionadas por la combinación con el factor suerte.
A parte de esa suerte o la incertidumbre, sí podemos en todo caso aprovechar la relación directa que se produce entre el aprendizaje y tomar decisiones.
Porque tomar apuestas es decidir.
Porque una apuesta no es más que una decisión sobre un futuro incierto, con independencia de lo cerca que esté ese futuro.
Las oportunidades de aprendizaje en las apuestas nos ayudarán a evitar trampas comunes, racionalizar los resultados y mantenerlos, además de mantenernos alejados de las emociones.
Y todo lo aprendido será aplicable a la vida, desde los mercados financieros y nuestras inversiones, hasta la planificación estratégica en nuestras finanzas; en el campo de los recursos humanos y relaciones con personas, las leyes aplicadas, la empresarialidad y sus decisiones.
Este libro propone decidir como si apostáramos para tomar mejores decisiones en nuestras vidas, separando y siendo conscientes siempre de la diferencia entre la calidad de nuestras decisiones y los resultados. No podemos olvidar la suerte o aleatoriedad.
También aprender a planificar el futuro con decisiones menos viscerales, saber mantener las relaciones con personas y crearlas buscando siempre la verdad (realidad compleja), trabajar nuestro ego pasado y futuro para modular o evitar emociones.
Nunca olvidaremos nuestra humanidad con sus errores y emociones, pero decidir apostando nos debe acercar a la objetividad, precisión y apertura de mente.
Dos cosas determinan el desarrollo de nuestras vidas: la calidad de las decisiones y la suerte. Saber identificarlas y diferenciarlas es parte de cómo pensar en apuestas.
En casos como estos me viene a la memoria la oración de la serenidad:
"Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
el valor para cambiar las que sí puedo,
y la sabiduría para reconocer la diferencia".
La vida es póker, no ajedrez.
Una de las cualidades de las personas en general es la de hacer juicios con el espejo retrovisor. Lo que comúnmente se denomina “hacer críticas a todo pasado”.
Consiste básicamente en un juicio de las decisiones tomadas en base al resultado obtenido, no al proceso de decisión o la bondad de la decisión en sí misma. Esta práctica se denomina resultadismo. Y obviamente este tipo de juicio sobre las decisiones no tiene en cuenta un factor relevante que influye en el resultado de las decisiones: la suerte.
Tener como referencia la probabilidad y la estadística es una fuente fiable para la toma de decisiones. Pero esta información no está inmunizada de la suerte.
Esta circunstancia es la que da lugar a que el resultado se aleje del previsto en la decisión y que en la mayoría de las personas provoque el resultadismo cuando solo tiene en cuenta qué ocurrió después de decidir.
Y esto es peligroso, porque si en realidad estamos tomando buenas decisiones, el mal resultado nos puede desviar de nuestro proceso de decisión que en realidad era válido y a partir de entonces si cambiar de estrategia de decisión y la posibilidad de si tomar malas decisiones.
En definitiva:
· Se nos da mal separar suerte de habilidad.
· Es incómodo saber que los resultados pueden escapar de nuestro control.
· Conectamos resultado con calidad de las decisiones.
· Caemos en la trampa del” a toro pasado”.
Peligros del resultadismo.
Es muy probable que las decisiones peores y mejores que tenemos estén precedidas de una buena o mala decisión previa respectivamente.
Es un ejemplo de como el resultadismo afecta a nuestras decisiones y en el corto plazo…
Y no somos capaces de reconocer que parte del resultado es del proceso de decisión y qué parte proviene de la suerte.
Confundimos en muchos casos el resultado con la decisión. No son malas decisiones, sino malos resultados.
Una consecuencia común cuando somos resultadistas es acompañarlo de sesgo retrospectivo. Este sesgo nos lleva a creer que un evento pasado era más predecible de lo que realmente fue una vez que ya ha ocurrido.
Este sesgo distorsiona nuestra memoria y juicio, haciéndonos creer que teníamos más información o claridad de la que realmente teníamos.
Sin embargo, es difícil encontrar a quien reconozca y relacione una mala decisión con un buen resultado.
La suerte nos juega esa mala pasada en los dos sentidos. Y ojo, porque aceptar esto último conduce a tomar definitivamente malas decisiones.
Rápidos o muertos: un cerebro no creado para la racionalidad.
El cerebro no está creado para la racionalidad. Al menos como la mayoría entendemos. (Esto excluye a Taleb).
Esta frase resume mucho de lo que queremos decir aquí. Y para ello tenemos además de múltiples ejemplos que nos rodean desde amplia bibliografía, estudios e investigación.
Annie Duke se refiere en el libro y recuerda el papel de la escuela de la Economía conductual como referencia de ejemplos y explicaciones de nuestro comportamiento irracional.
Porque, aunque nuestro cerebro haya evolucionado hacia determinados niveles de racionalidad que nos permiten orden y determinadas certezas, no somos capaces de entender muchas cosas que no son lineales, complejas, que se manejan dentro de la incertidumbre o donde la suerte tiene un papel.
No somos conscientes ni desarrollamos una capacidad para entender que vivimos en un mundo complejo.
Preferimos sentirnos bien que cerca de la realidad, confundiendo el mundo con algo ordenado y alejado de la entropía, el azar y la incertidumbre. Un mundo donde todo es predecible. Y no entendemos que la racionalidad y aquello que hoy consideramos estable es un resultado de realidades caóticas resueltas en el pasado para sobrevivir.
Hemos sido capaces de sobrevivir encontrando conexiones predecibles y heurísticas que nos han permitido encontrar soluciones aceptando falsos positivos y evitando falsos negativos fatales para la supervivencia.
Pero la realidad es que vivimos en un mundo incierto, del que parece seamos cada vez más conscientes, algunos, pero no suficiente.
Y en esa inconsciencia está el riesgo de nuestras decisiones.
Caemos en trampas cognitivas cuando asumimos que hay causalidad donde hay simple correlación.
O cuando seleccionamos información que confirma una narrativa conveniente o nuestra mentira. Todo para tener la ilusión cuando no el beneficio de aquello que aceptamos, y compramos en lo que a decisiones se refiere la estrecha relación entre los resultados y nuestras decisiones.
Daniel Kahneman en su libro Pensar Rápido, Pensar despacio, nos habla de dos sistemas de pensamiento que denomina sistemas I, rápido y económico en cuanto a tiempo y energía y sistema II, lento y reflexivo con esfuerzo mental y energético.
Gary Marcus habla de mente reflexiva y mente deliberativa. La primera veloz, automática e inconsciente. La segunda, lenta, juiciosa y que delibera.
En definitiva, los dos hablan de lo mismo, y señalan cómo el ser humano como animal, maneja de manera recurrente las zonas más antiguas de nuestro cerebro: cerebelo, ganglios basales y amígdalas para la toma de decisiones básica. Y para procesos deliberativos se apoya en la más moderna y evolucionada corteza prefrontal, tan eficiente como delgada, pero que requiere de esfuerzo superior en todos los sentidos.
No podemos física ni de manera práctica abusar de esta parte del cerebro. Colin Camerer nos señala que no es práctico ni posible sobrecargar el sistema II o deliberativo. No es realista.
La evolución es constante, pero a ritmo de evolución, lento y supra generacional.
Probablemente tengamos la potencialidad de ser más deliberativos en un futuro. O no. Pero mientras, somos seres reflexivos en nuestra toma de decisiones.
Pero esta toma de decisiones no es inmune a la sobrecarga y siendo donde se dan la mayoría de las decisiones diarias, también cuenta con riesgos que hoy podemos contrastar socialmente.
“El reto no está en cambiar el modo en que operamos con el cerebro, sino descubrir cómo trabajar dentro de las limitaciones del cerebro que tenemos”.
Porque ser conscientes de nuestro comportamiento irracional y querer cambiarlo no lo hace desaparecer.
Solo nos queda establecer reglas y cortafuegos para poder salvar los impulsos y comportamientos reflexivos no favorables.
Y entre esas reglas está saber como piensa y deciden las personas que nos rodean.
Esa es la vida, una partida de póker.
Quedan dos minutos.
Lo ideal y un objetivo, podría ser que la mente reflexiva sea capaz de operar a partir de intenciones creadas en la mente deliberativa.
Aunque las consecuencias puedan ser en el corto plazo, donde se requiere tomar decisiones que son asumidas por la mente reflexiva, esta tenga una alineación con la mente deliberativa, con objetivos más fundamentales y de largo plazo, aquellos que ponen foco en la supervivencia.
Para A. Duke, el póker entrena a tomar decisiones rápidas, reflexivas en apariencia, pero deliberativas y entrenadas por la experiencia. Una combinación que intercala las dos opciones.
También es fundamental discernir que el resultado de la decisión no da el valor de este. Caer en el resultadismo no es la opción y protegerse de el es la opción para aprender y mejorar en nuestro proceso de decisión.
Lo importante es saber descifrar el problema más que tener talento innato. Es lo primero lo que te hace sobrevivir porque te permite consistencia y recurrencia en las decisiones, foco en el largo plazo, dominio de las trampas, emociones. Acumulación de aprendizaje racional de la experiencia.
Dr. Strangelove.
John von Neumann fue uno de los genios más influyentes del siglo XX, un verdadero polímata que dejó huella en múltiples disciplinas: matemáticas, física, informática, economía y más.
Pero una de las aplicaciones más importantes fue sus descubrimientos compartidos con Oskar Morgenstern referente a la teoría de juegos que posteriormente se aplicara en muchos campos de la economía y sobre todo en el caso de la economía conductual.
Muchos Premios Nobel de economía, desde John Nash a Kahneman han bebido de sus fuentes para desarrollar sus teorías. Entre ellos Roger Myerson definió la teoría de juegos como el estudio de los modelos matemáticos de conflicto y cooperación entre tomadores de decisiones inteligentes y racionales.
Póker no es ajedrez.
Annie Duke se molesta en delimitar efectiva y finamente las diferencias entre dos juegos que declaran fielmente los dos tipos posibles de problemas que nos podemos encontrar.
Para ella el ajedrez es simplemente una aplicación pura de cálculo y matemáticas, de racionalismos donde la suerte no existe o tiene cabida, salvo que se caigan las fichas del tablero.
Sin embargo, el póker supone un juego, que no es el ajedrez, y que tiene a la suerte como parte relevante en la escena.
Un juego que se asemeja a la vida, donde la incertidumbre, el riesgo y a veces los engaños son factores que entran en la ecuación de las decisiones que tomamos.
El ajedrez siempre tiene una solución, al menos una, completamente definida, y tenemos todas las piezas a la vista. Sin embargo, en la vida abordar las decisiones como si fuese ajedrez es un error tanto como una imposibilidad. Tenemos varias soluciones, no tenemos toda la información, y además la suerte está observando para actuar en su caso.
La vida es como el póker, una sucesión de manos en las que la información es incompleta, y cada decisión tiene su tiempo para tomarla. Pasar tiene también sus consecuencias en muchos casos de resultado desconocido.
Estas decisiones se toman además en una situación de incertidumbre en la que información valiosa permanece oculta o desconocida.
El azar que además no controlamos, nos provoca el ruido posterior que nos confunde tras el resultado de reconocer si la decisión fue buena o mala. Es el propio azar el que interviene en las decisiones para con independencia del resultado no seamos capaces “a toro pasado” si tomamos la mejor decisión y en su caso debamos evitar esta decisión o seguir usando como referencia en otras ocasiones.
En el ajedrez, la correlación decisión y resultado es directa o al menos más directa. Saltarse un semáforo en rojo no es una buena decisión, pero mientras la suerte nos acompañe nos confundirá para volverlo a hacer lo mismo.
La información incompleta plantea un doble desafío. Una al tomar decisiones y otra al aprender sobre decisiones pasadas.
Para mejorar en la vida tenemos que aprender de los resultados de nuestras decisiones. Pero eso no es posible muchas veces cuando la incertidumbre y la volatilidad que rodea influyen en el resultado.
J. Von Neumann y O. Morgenstern comprendieron que el mundo no revela las verdades objetivas de manera fácil. El mundo es complejidad e incertidumbre y esto causa problemas.
Duelo legal de ingenieros.
En el ejemplo que propone A. Duke sobre la película de La Princesa Prometida, podemos ver un caso de inmunidad respecto a los venenos que correspondería a un caso de antifragilidad al uso de lo que propone Taleb.
En los momentos de tomar decisiones ya estamos indicando que debemos ser conscientes que en la mayoría de los casos contaremos con una información insuficiente o incompleta. Pero en cualquier caso, además de ser consciente de lo que nos falta debemos tener siempre una actitud de subestimar todo lo que se conoce. Ese reconocimiento de que se conoce poco es un modo de ponerse en modo en busca de la antifragilidad.
Pero además de lo que conocemos, está aquello que no sabemos que no conocemos.
Y entender incluso que aquello que llamamos ciencia y conocimiento aún está incompleto y falta por conocer. Sobre todo, aquello que se llama teoría de..., y que aún np ha pasado el tamiz de la refutación.
La ciencia es un compendio de teorías en el que el consenso puede ser una vulgar falacia. Como simples ejemplos, Copérnico no formó parte del consenso durante siglos como Einstein fue capaz de hacer modificaciones en la ley de la gravedad de Newton.
El error de Vizzini, que así llamaremos por el personaje de la película, es no considerar más circunstancias que las que conocemos o incluso la ciencia: matemáticas, estadística, etc.…como suficiente para resolver las decisiones. Falta la influencia de lo que no conocemos.
Es posible que podamos sacar por deducción empírica una idea o conocimiento exacto de una realidad. Pero un universo complejo siempre deja lugar a colas que más allá de la normalidad generan un dato extremo o inesperado: el cisne negro.
Buscamos lecciones en los resultados de nuestra vida en nuestro afán de tener seguridad. Pero en esos casos, a la vez que ganamos en capacidad heurística no debemos abandonar la idea de un evento inesperado.
La vida es demasiado corta para llegar a algunas conclusiones. Por más que experimentemos, como con el lanzamiento de una moneda, no podremos llegar por experiencia e intentos conocer el motivo de una sucesión distinta de probabilidades al 50%.
Para nuestra vida solo tenemos la vida de los anteriores a nosotros. Nosotros seremos en algún caso válido para los descendientes y la respuesta más cierta de todas nuestras decisiones es no estoy seguro.
No estoy seguro: la incertidumbre a nuestro favor.
Como un mantra, repetirse la frase de no estoy seguro puede ser una posibilidad de poner la incertidumbre a nuestro favor.
Del mismo modo que el resultadismo y el sesgo retrospectivo causan problemas en nuestras decisiones y en la capacidad de sacar conclusiones, en las decisiones prospectivas o hacia delante, solo tenemos una oportunidad y lo haremos con una certeza que obviará la información oculta y el azar.
Existe una incapacidad para reconocer la incomodidad de lo inseguro, de decir no lo se y mucho más real de ser consciente que es cierto.
Sin embargo, es un paso de vital importancia decirse y reconocerse que no estamos seguro de lo que hacemos para tomar mejores decisiones.
Es un tabú desde la niñez en la mayoría de las sociedades decir que no lo sé. Sin embargo, debemos salvar esa mala reputación que los filósofos y científicos conscientes toman como apoyo para alcanzar el conocimiento, avanzar en la ciencia.
Hemos concluido que el resultado no determina la calidad de nuestras decisiones, sino que independientemente de este, es un proceso que incluye una representación precisa de nuestro conocimiento al mismo tiempo que incluye no estar seguro.
La verdad, que existe, como una aspiración a conseguir junto a conocer el mundo, no está determinada por nuestra inseguridad sobre lo que conocemos. Al contrario, es la incertidumbre un paso que nos acerca a esa verdad y forma parte de esa verdad que no podemos tener certezas plenas.
Los buenos decisores están cómodos o habituados a lo incierto o impredecible. Nunca saben con exactitud el resultado, pero estiman bien las probabilidades de cada decisión en función de la información y la experiencia. Esta experiencia o pericia en un asunto no determina la seguridad del resultado, pero nos permite reconocer al menos la decisión o estrategia menos mala.
No estoy seguro es la definición más certera del mundo. Y no estar seguro nos aleja de las trampas binarias tipo blanco o negro.
Tener estas dos ideas claras nos acercarán a tomar mejores decisiones. Nuestro modelo de estimación no puede tener como referencia dos extremos. Sin matices comprometemos nuestras decisiones.
Redefinir el error.
Pensar en resultados en base a probabilidades no significa dar directamente ganador a la opción de mayor probabilidad.
Es una opción y a priori la más razonable.
Pero debemos tener presente que cualquier probabilidad mayor que cero es un resultado posible y por tanto no debe ser considerado nunca un error o asumir que estamos equivocados. Porque como estamos insistiendo, el resultado no define ni la decisión ni el hecho de catalogarla como error a quien la señala como opción.
Tenemos que redefinir lo que significa estar equivocado sin caer en el error de hacer juicios en base al resultado. (Ejemplos del Brexit y Trump en 2016).
Las decisiones son apuestas sobre el futuro y no son correctas o incorrectas. Un resultado no deseado o esperado no hace nuestra decisión incorrecta si hemos seguido el proceso conveniente de decisión sobre alternativas y posibilidades.
Tomamos decisiones a veces sobre opciones poco atractivas y con pocas probabilidades.
También tomamos decisiones otras veces porque la recompensa supera las expectativas de los riesgos.
También tomamos decisiones con poca información o con información oculta o difícil de encontrar o discernir.
Y también podemos tener mala suerte. En todos los casos con un mal resultado. ¿Pero es una mala decisión?
En muchos casos nos podemos encontrar con la elección de la segunda opción (como por ejemplo el caso de los fondos indexados). El segundo caballo...
Nunca será incorrecta. Por la propia definición es más correcta que la tercer, la cuarta y siguientes…
Si nos alejamos de una visión simple del mundo con dos extremos, lo correcto vs lo incorrecto, lo blanco vs lo negro, empezaremos a entender el continuo complejo del universo y nos alejaremos de la opción acertar o equivocarse para acercarnos a los grises: calibrar.
Cuando somos capaces de conocer probabilidades, estamos en mejor posición de interpretar racionalmente entendiendo la influencia de la suerte y la información oculta. Estamos en este caso más cera del ajedrez aun con la falta de información. Pero nunca será ajedrez.
Redefinir lo incorrecto además permite dejar a un lado la angustia y la falta de autocompasión por los malos resultados.
Pero también debemos redefinir lo correcto en el sentido de que no solo porque algo salga bien o el resultado sea favorable tengamos la idea de que hemos decidido bien.



Comentarios