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DECIDE Y APUESTA de Annie Duke (II)

  • yosorep
  • 30 dic 2025
  • 10 Min. de lectura

Recuerdo cuando era pequeño una expresión que hemos dejado de utilizar. Y que parece señalar de algún modo como si cuando vamos siendo mayores vamos cayendo en la trampa de que somos mejores, sabemos más.


Ya no decimos cuando alguien pretender señalar algo como mejor, real, verdadero o similar aquello de !qué te apuestas¡.


Ya nadie somete su idea o narrativa a ese filtro.

 


Cuanto apuestas.

 


Apostar o decidir es respaldar lo que crees y asignarle recursos que van desde dinero o cosas materiales, hasta una valoración o un precio.


Entra aquí en juego la coherencia y la expresión de predicar con el ejemplo tomando decisiones que cuadren lo que hacemos, decimos y pensamos.

 

Decidir es elegir entre futuros posibles alternativos, asumiendo posibles consecuencias y asignaciones de probabilidades. Siendo conscientes que cada resultado tiene riesgos y vicios o pérdidas, aunque algunos no sean visibles o conscientes en el momento de tomar la decisión.


No hay respuestas sencillas, completamente informadas, donde el azar no tenga influencias.  Apostar es la forma de decidir con posiciones anticipadas y preventivas que abordan la irracionalidad en momentos de posibles emociones.

 

A. Duke, nos insiste que todas las decisiones son apuestas, y de la definición de apuesta podemos tomar palabras clave como probabilidad, riesgo, decisión y creencias que podemos y debemos entender forman parte del proceso propio de decidir.


No dependen del lugar donde se producen, ya sea un casino o tu casa, ni de la persona que tenemos enfrente, jugador o negociante.


En la decisión y la apuesta enfrentamos alternativas, arriesgamos recursos, evaluamos posibilidades de resultados a los que asignamos un valor.

 

No decidir o no apostar es en sí mismo una decisión o apuesta. Existe un coste de oportunidad alternativo siempre, fundamental en el proceso de decisión, que la mayoría de las veces pasa desapercibido, como bien explica en sus libros Daniel Ariely.

 


Apostamos contra nosotros mismos.

 


No pensamos con naturalidad que nuestras decisiones son apuestas porque nos obsesionamos con la naturaleza suma cero de las apuestas: apostamos contra otra persona y las ganancias y las pérdidas son siempre asimétricas, uno gana y otro pierde, y la ganancia neta es cero.


Pero nuestras decisiones no son una apuesta contra otra persona sino contra o a favor de una versión futura de nosotros mismos.


Elegimos un futuro potencial, una versión resultante de nuestras decisiones que considera una ganancia aparente para nosotros: dinero, felicidad, salud.


Elegimos en el mejor caso con referencia a un coste de oportunidad menos favorable que nuestra elección, y evitamos el arrepentimiento y la inseguridad, intentando aislar aquello que está fuera de nuestro control: el azar.

 

Teniendo en cuenta lo que sabemos, y que también hay cosas que no sabemos, elegimos lo más valioso entre varias opciones asumiendo riesgo.


Cuando nos sentimos cómodos con la incertidumbre, podemos percibir el mundo de manera más precisa y eso ayuda a ser mejores.

 


Nuestras apuestas son tan válidas como nuestras creencias.

 


Tomamos decisiones y apostamos en base a nuestras creencias sobre el mundo en que vivimos. Nos movemos por nuestras creencias.


Pero la duda o la actitud crítica debería estar en la formación y desarrollo de nuestras creencias. Eso permitiría formar una creencia base mejor para tomar las decisiones, pues es la única y mejor manera de calibrar nuestras creencias. 


Es un modo de validar nuestra creencia. Recuerda que el gris existe y dentro de ese gris se dan los resultados del mundo.


Para ello nos valdremos también de la experiencia, la información y una actitud por mantenerla actualizada de la manera más objetiva posible para intentar precisar la visión del mundo. Ser rigurosos con nuestras creencias es una base importante para tomar decisiones.


En definitiva, hemos de buscar, aceptar y aplicar estrategias efectivas que abran nuestra mente, nos haga más objetivos, precisos, racionales en las creencias que basan nuestras decisiones.


Y ser coherentes en la acción a la vez que compasivos con nosotros en cuanto al resultado final del proceso.

 

 

Oír es creer: las ideologías.

 


Adquirimos creencias solo de oídas sin la más mínima actitud crítica que la confirme.


Formamos creencias de manera distinta a como pensamos, siempre en el caso que nos tomemos esa molestia de pensar.


Porque pensar lleva normalmente a investigar antes de formar una creencia, pero en muchos casos nos conformamos con oír, sobre todo si es lo que nos interesa: sesgo de confirmación.


Las personas son por defecto crédulas fáciles que evitan el esfuerzo de dudar. Es parte de nuestra irracionalidad. Quizás resultado de una mala heurística…, de una mala evolución que busca una falsa eficacia a costa de rigor: incoherencia.

 

Es una creencia abstracta, no subjetiva que es aquella que se forma al margen de una experiencia directa.


Es un rasgo de humanidad novedosa en la evolución más reciente. Es consecuencia de un rasgo humano como es el lenguaje que permite superar conocer/creer más allá de la experiencia.


Antes de esto solo teníamos como referencia los sentidos, de los que teníamos la fe suficiente para poder evitar falsos negativos (errores de tipo II) a costa de generar falsos positivos (errores de tipo I).


No desarrollamos un alto grado de escepticismo cuando nuestras creencias tenían como fuente la experiencia directa y estaba en juego nuestra vida.

 

La evolución del lenguaje complejo nos dio la habilidad para formar creencias sin experiencias previas o paralelas que las contrasten.


Gilbert dice que la naturaleza no empieza de cero y nos manipula sin inventar un nuevo mecanismo, bastando cualquier simple adaptación.


La ruta es experiencia>creer como verdad>posible cuestionamiento.


De manera contraria a como debiera ser, no solemos buscar la verdad. El comportamiento habitual de los humanos es hacer que la verdad sea como nosotros creemos. Nuestra naturaleza es incompatible con el modo de procesar la información, y nos desviamos de una verdadera apertura de mente que actualice nuestras creencias con la nueva información.


En lugar de alterar nuestras creencias ajustándolas a la información nueva o actualizada, lo que hacemos es modificar nuestra interpretación de la información para que se ajuste a nuestras creencias.

 


Vieron un partido.

 


Nuestras creencias guían el modo en que procesamos la información.


Por eso muchas veces podemos observar como dos personas ven un mismo evento y describen dos distintos.


No reaccionamos ante un suceso, sino que nos comportamos según lo que llevamos de serie: nuestra creencia.


Nuestras creencias preexistentes influyen en el modo en el que experimentamos el mundo y genera problemas al tomar decisiones.



Obstinación de las creencias: RAZONAMIENTO MOTIVADO.

 

Las creencias tienen una tendencia potencial a crecer como una bola de nieve cayendo desde una montaña.


Su tendencia natural es la dificultad de ser eliminada y el esfuerzo que supone ser crítico dificulta en cualquier caso ya no ser eliminada, sino ser calibrada y moderada. Su intento de supervivencia es promotor del sesgo de confirmación.


No es raro que desafiemos la validez de evidencia si contradice nuestra creencia.


Ignoramos o nos “esforzamos” sin dolor por desacreditar la información que contradice la creencia.


Somos capaces de caer en la disonancia cognitiva.

 

Todo esto nos lleva al concepto de razonamiento motivado, que como patrón irracional y de comportamiento circular en su forma de procesar la información, hace que la nueva información impulsada por las creencias que tenemos se oriente al sentido de esas creencias para fortalecerlas y mantenerlas.


Y ese es el proceso circular que se retroalimenta.


Y lo importante de este comportamiento es que banalizamos los hechos y nos tapamos los ojos ante la experiencia contrastada.

 

Cuando queremos creer no hace falta mucho para que creamos cualquier cosa. Cuando actuamos así, queremos proteger nuestra creencia y en ese sentido guiamos el modo en que tratamos a la nueva información relevante.


Es aquí donde aparecen dos nuevos conceptos: fake news y la desinformación.

 

Las fake news son información falsa plantada para obtener beneficio económico o político.


No es nuevo. Es una actitud y comportamiento que tiene cientos de años. Estas noticias falsas funcionan porque desde las creencias no se contrasta con las evidencias y no hay lugar para el cuestionamiento. No pretende hacer cambiar de opinión y su intención es arraigar aun más la creencia amplificándola.


La desinformación es distinta de las noticias falsas en el hecho que tiene algunos elementos reales que se maquillan para promover una narrativa particular.


Es más poderosa, y los hechos verificables dentro de la historita hacen que parezca que la información ha sido revisada (apariencia) sumando credibilidad a la narrativa.

 

Pero como dice Annie Duke, tenemos hoy todos los sabores posibles a nuestra disposición y sin embargo solemos quedarnos con nuestros favoritos. Esta es la línea de actuación de las redes sociales, que adaptan nuestra experiencia a nuestros gustos, reforzando nuestras creencias.

 

A través de algunos algoritmos las redes crean una serie de burbujas de filtros y a su vez burbujas de opinión que crecen y se desarrollan en el mismo sentido y dirección en contra de la realidad que supone la ingente cantidad de información que debiera permitirnos contrastar nuestras opiniones.


Paradójicamente, esta información seleccionada solo sirve para reforzar nuestras creencias, acelerando la reclusión en la burbuja confirmatoria que nos conviene. Nadie está inmune. Ahora las redes hacen el trabajo hacia el razonamiento motivado por nosotros.

 

No dejamos que los argumentos, ideas y los mismos hechos que refutan nuestras creencias y tesis se interpongan en nuestro camino.


Daniel Kahneman ya nos lo dijo: sólo queremos tener una buena imagen de nosotros mismos y sentir que la narrativa de nuestra vida es positiva.


Y esta narrativa que nosotros creamos o aceptamos, por supuesto nunca está equivocada.


El pensamiento extremo, binario, blanco o negro, el no entender que el universo en general es un complejo número de grises dentro del cual está la verdad o la decisión apropiada es delo que estamos hablando.


Aceptar que podemos estar equivocados supone un esfuerzo emocional y mental que casi nadie está dispuesto a realizar.


En el menor de los casos ese esfuerzo se ignora y en el peor se desacredita o incluso se señala.


No se quiere perder la razón motivada en la narrativa auto creada, no queremos sentirnos mal.

 


Ser inteligente empeora las cosas.

 


Aparentemente detectar el razonamiento motivado debe ser más fácil en personas inteligentes, menos propensas a noticias falsas y a la desinformación.


Se presupone una capacidad de análisis y evaluación, de procesamiento de la información, capacidad argumental y cuestionamiento crítico de las fuentes. Pero sorprende que en realidad la opción del sesgo sea peor.


Esta propia inteligencia capacita a construir narrativas que apoye tus creencias, racionalizando y enmarcando tus datos. Creando en definitiva un marco mental acomodado a los argumentos propios.


Estamos acercándonos entonces al sesgo del punto ciego.


Este sesgo nos lleva a reconocer los razonamientos sesgados de los demás, pero nos deja ciegos ante los propios prejuicios.


Todos tenemos un punto ciego cuando se trata de reconocer nuestros propios prejuicios, que suele ser mayor cuanto más inteligente somos.


Dan Kahan nos indica que las personas más inteligentes no están mejor preparadas ante el razonamiento motivado, siendo incluso a veces vulnerable para combatir prejuicios. Descubre que personas con capacidad de interpretar datos y hechos numéricos y estadísticas son capaces de cometer errores mayores en opiniones con carga emocional acercándose a patrones de polarización.


Tu capacidad o actitud con los números se arrogan el derecho de encajar con tus creencias y mantenerlas con la narrativa pertinente.

 

Estamos programados evolutivamente no para alcanzar la verdad, sino para proteger nuestras creencias.


Ser inteligentes nos acerca a reconocer nuestra irracionalidad, pero no evita que abracemos nuestras ilusiones ópticas sobre el mundo narradas desde nuestras creencias.

 

Conclusión:


1.      Apostamos por nuestras creencias.


2.      No verificamos nuestras creencias.


3.      No actualizamos nuestra información.


4.      Ser inteligente no nos ayuda a salvar todo lo anterior.

 


¿Cuánto apuestas?

 


Esta es la pregunta que debiéramos hacernos cuando queremos ser sinceros sobre la fe que tenemos respecto a nuestras creencias.


Esta pregunta desenmascara y da la opción para revisarla.


La apuesta nos lleva al punto tres en el orden en que formamos nuestras creencias:


1.      Oímos.

2.      Creemos.

3.      Investigamos.


Sin embargo, la mayoría de las veces ni siquiera llegamos al tercero de los puntos.


Pero la objetividad es el único camino a la precisión de las creencias. Y la apuesta de algún modo hace evidente y explícito el riesgo que normalmente ignoramos. Mantener creencias no fundadoras.


Una buena filosofía para la vida puede ser que tengamos claro que nada es blanco o negro. Apostar por los grises recompensa con la objetividad y la precisión de nuestras observaciones.

 


Redefinir la seguridad.

 


La mayoría de hechos conocidos, desde las propias teorías científicas hasta historias más cercanas, han sido revisadas con el paso del tiempo o en muchos casos revocadas.


Galileo no fue creído en su momento y Einstein fue capaz de reformular la gravedad.


Forma parte de la potencialidad del aprendizaje perpetuo, su estado natural de constante evolución, aunque en muchos casos no seamos conscientes.


Y si estas teorías o datos científicos tienen fechas de caducidad o enmienda, qué no podemos esperar de nuestras creencias.


Annie Duke nos propone que es mejor pensar en cómo de seguros estamos en lo que creemos que en si estamos seguros.


La opción sobre la cantidad de seguridad sobre lo que creemos matiza mucho más la confianza que tenemos.

 

Hacer escalas o porcentajes puede mostrar confianza sobre nuestras creencias.


Si nos obligamos a expresar la seguridad sobre nuestras asignándoles, podremos valorar el grado de confianza que tenemos y con toda seguridad nunca estaremos al 100%.

 

Incorporar incertidumbre en nuestra forma de pensar sobre nuestras creencias tiene múltiples beneficios.


Estamos con ello cambiando nuestro modo de percibir el mundo. Reconocer la incertidumbre es un paso para medirla a la vez de ponerse en disposición de reducirla.


Todo esto forma parte de la apertura de mente que nos puede conducir a ser más objetivos, aceptando ajustes graduales de certidumbre y evitando la aversión de perder la seguridad de golpe.


Con todo ello debemos aspirar a calibrar nuestras creencias, sin cambios radicales. De este modo no trataremos nueva información como una amenaza, algo contra lo que defenderse. Ser buceadores de la verdad.

 

Calibrar nuestras creencias no obliga a ser críticos con nosotros mismos en el mal sentido. Al contrario, mejora porque manifestar incertidumbre con nuestras creencias frente a los demás nos hará mejores comunicadores y ganaremos credibilidad porque ponemos en cuestión todo aquello que opinamos.


Mostrar incertidumbre y no ser categóricos con nuestra seguridad es una invitación a la colaboración de las personas a que nos digan aquello que saben y pueden enriquecer el resultado de lo que pretendemos conocer.


La información compartida puede confirmar, rebatir o refinar las hipótesis publicadas.


El objetivo debe ser que el conocimiento avance, no que mi creencia sobrevida a cualquier precio. Es la manera para que la ciencia avance rápido. Actuar como científicos.


En conclusión, decidimos como apuestas basadas en nuestras creencias, pero para que nuestras creencias se acerquen a la verdad debemos sentirnos cómodos con la incertidumbre y redefinir lo correcto y lo incorrecto.


Pero como siempre, ser conscientes es un paso, pero no una seguridad para poder dar la vuelta a los patrones arraigados que nos determinan.



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