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Educar sobre sesgos solo te hace sentir más inteligente.

yosorep
23 sept
3 min de lectura

 

Parafraseando a Mark Twain, estar desinformado es a su vez no estar mal informado.


El periodismo y la información es hoy día una fuente de adoctrinamiento más que de información.


No saber puede ser menos peligroso que saber mal. Pero lo peor es que la información hoy no es un flujo neutral, sino un vector de lealtades.


Insisto en mi tesis: la ideología como sustituto de la verdad.


Una actitud crítica sobre las fuentes y la investigación sobre la información es un acto de inteligencia y responsabilidad que la mayoría de las personas no se molesta ni pensar.

 


Para Karl Popper la importancia de una discusión no está en ganarla, sino en sacar algo claro, mejor o nuevo que, a su vez me mejore.


Si no es así puede ser una pérdida de tiempo.


Pero lo normal es buscar ganar, no lo mejor.

 

La discusión que por norma se produce en la sociedad, y como ejemplo las redes, no busca perseguir la verdad.


Es una suerte de baile social para entendernos en el mejor de los casos y para ganar en la mayoría de las veces.


Muchas veces es como bailar un tango donde el cruce de piernas no es la sensualidad de la cercanía sino la zancadilla discursiva.


No se discute para comprender, sino para ganar, para marcar territorio moral.


La discusión pierde su función epistemológica y se convierte en un baile de egos.

 


Para abrazar el pensamiento crítico y buscar la verdad se supone debemos sortear los sesgos cognitivos con voluntad, pero no aseguramos poder activar o desactivar dicho sesgo.

 

Daniel Kahneman ya lo decía. Estudiar como el lo hizo sobre los sesgos cognitivos durante toda una vida no le aseguraba mejorar sus decisiones en todos los casos y recurrentemente.


Solo consigue, en el mejor de los casos, consciencia y algo de capacidad decisiva.

 

De este modo, controlar los sesgos se convierte en un tropo o fetichismo de nuestra época.


Tener una lista, o saberla no nos inmuniza.


El sesgo es una sombra inevitable de la condición humana.

 


Toda opinión es sesgada.


Creernos inmunes a los errores de juicio de los que somos víctimas es una ingenuidad por el que caemos en un sesgo propiamente: no reconocer el prejuicio.


Todos tenemos y creamos una cosmovisión y referencia sociométrica que nos condiciona.


Los pensadores inteligentes de épocas anteriores con su conocimiento y moralidad aceptaban cosas que hoy no son moralmente aceptadas.


Y aunque en muchos casos vemos intentos de retroceso en la moralidad, solo cuando la realidad cambió ellos entraron en el paradigma del cambio de manera activa.

 

¿Es una ilusión el progreso moral?

 


Ethos: Carácter, morada interior y personal desde la que actuamos. Según Aristóteles: lo que uno hace y desde donde lo hace.

 


Solemos interpretar el mundo interior según el mundo exterior y este a su vez según el primero.


Ambos están mutuamente interpolados.


Y digo yo que este es el mejor de los casos porque, el interior queda comúnmente apagado por el ruido del mundo exterior.


La idea de una educación en sesgos y la capacidad de uso del pensamiento crítico tiene algo de entelequia.


Esta idea parte de la base errónea de que los individuos viven ajenos a la realidad y a lo que opinan los demás.


Pero en esencia somos personas que viven en contextos de los que tenemos influencia sensible de la opinión de los pares.


Yo soy yo y mis circunstancias, que dijera Ortega y Gasset.

 


Debemos tomar como referencia humana la persona óptimamente racional.


Porque el camino racionalista estandarizado que sugiere un aprendizaje en sesgos cognitivos y falacias lógicas no es ni real ni efectivo.


La realidad es que, descartando los imposibles por capacidad inteligente, en la mayoría de los casos hasta los más inteligentes rechazan la realidad como desinformación.


Favorecen la intolerancia y la censura de cualquier contenido usando el escalpelo de su capacidad inteligente para justificar lo que creen.

 

Más educación puede equivaler a creencias absurdas cuando los hombres inteligentes usan su

conocimiento y capacidad de razonas para para engañarse a sí mismos.


Y peor aún, engañar a los demás.


 Los más inteligentes no solo caen en sesgos, sino que los refinan, los justifican, los convierten en herramientas de censura y autoafirmación.


Por tanto, el enemigo de la inteligencia puede ser esa propia inteligencia.


El sesgo de confirmación suele ser el factor más relevante a la hora de elegir o tomar decisiones.


La inteligencia no nos libra del error: solo lo vuelve más sofisticado.



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