EL NUEVO (DES)ORDEN MUNDIAL.
Sobre el libro publicado por Lorenzo Ramírez, El Diablo está entre nosotros, hay una serie de reflexiones que merece la pena seguir y hacer por uno mismo sobre la realidad del mundo que nos rodea.
Seguiré cada una de ellas y apuntaré las ideas que en paralelo me sobrevengan...
Así como LR se pregunta por la primera propuesta del orden que nos rodea, nos podemos preguntar como el...¿Puede ser el caso justo?
Cuando Trump fue reelegido, JD Vance se dispuso a criticar a Europa por su pecaminosa situación que la ha dejado en una irrelevancia mundial, una situación de crisis económica recurrente y una destrucción de pilares sociales, y todo ejecutado por una casta política no elegida democráticamente.
¿Quién ha elegido a la presidenta de la Comisión Europea?
Sin embardo de todo ello tuvo culpa los distintos gobiernos de EE.UU. que durante décadas se postularon como faros de democracia cuando su ejemplo imperialista plantea un orden global impuesto que poco tiene que ver con democracia.
Pero ese faro vendió lo que la condición humana más valora: una necesidad de seguridad.
El caos generado por el propio faro le da el papel de protagonista protector que le permite controlar y satisfacer la propia ansia de control, patología típica de las personas.
Toda persona apostata de la realidad del mundo para abrazar una seguridad que reduzca la incertidumbre inherente a la vida en el mundo.
Una falsa ilusión que termina por incapacitar la posibilidad de asumir cambios.
Orden contra caos.
Esta característica patológica de deseo por la seguridad no es homogénea en la humanidad del planeta, pero si prepondera en el sistema de pensamiento de la civilización occidental.
La buena intención de los antiguos filósofos griegos, como Aristóteles o Platón, crearon la base de una filosofía que degeneró con la revolución francesa, siglos después, apoderándose de la razón que ya usara Santo Tomás de Aquino para querer explicar el orden universal, y que en el caso de la misión revolucionaria solo quiere explorar desde la mente humana, desdeñando la precisión mecánica de un mundo creado por algo incausado.
Dios.
Esta sincronía incierta del universo fue adulterada por ingenieros sociales con la bandera de la razón, sembrando un caos para el que tenían su antídoto.
Revoluciones, políticas imperiales, colonizaciones, regímenes totalitarios eran focos de destrucción.
Un marco filosófico distinto es el de China, basado en el confucianismo, que se esfuerza por una armonía social huyendo de intrigas de poder, que no quiere decir que no existan..
El hombre chino tiene su puesto en el engranaje social con su función en un sistema donde el individuo aislado carece de valor y sentido. “Cada cual conozca su lugar” y el Estado será virtuoso desde la virtud de cada cual.
La tarea de la humanidad es recuperar el espíritu del orden perdido de los principios de autocontrol en favor de la comunidad.
Al contrario que occidente, China nunca pretendió controlar, imponer o exportar sus modelos sociales y políticos a bárbaros extranjeros.
Su excepcionalísimo no excluía a quien viniese con respeto a buscar lo que China disponía.
China practica el gradualismo para seguir conectada con el mundo. Ahora sí, para rentabilizar el beneficio de un entorno global.
Cruza el río tanteando las piedras…
Europa: una historia de buenos y malos.
Tras la segunda guerra mundial, la OTAN ya sin el frente de la URSS ha querido convertirse en policía del mundo y a la vez promotor de un orden basado en argumentos morales y políticos de libertad económica y derechos de los ciudadanos.
Sin embargo, en los últimos años de la guerra de Rusia y Ucrania, con una China apoyada en los BRIC y el sur global, se está proponiendo un orden multipolar frente a la bandera de un mundo libre de Europa y EE.UU.
Es un frente entre un supuesto orden liberal y sistemas autoritarios y populistas.
A su vez artificios climáticos y de orden social, como las ideologías de género, migración e inclusión. Todo queda en un enfoque maniqueo e infantil de buenos y malos sin matices.
No deja de ser una propaganda donde el espíritu crítico flaquea con el apoyo de medios de comunicación que ejecutan la desinformación que dicen perseguir.
La intención queda manifestada en una tensión constante entre los gobernados que se enfrentan en trincheras ideológicas que buscan el divide y vencerás.
Mientras, occidente busca una legitimidad impostada y que preocupa a analistas, estableciendo reglas que funcionan cuando sirven los intereses de grandes potencias pero que se saltan o reescriben cuando no.
Se genera una asimetría de exigencia y cumplimiento que no permite a Estados más débiles que formen parte del orden saltarse y que exonera a los más fuertes: sistemas jurídicos unipolares.
Para que un sistema jurídico se aplique de forma universal debe tener la legalidad y legitimidad que le dan las normas claras y estables, en el que el debate y no la amenaza bélica o arancelaria sean la fuente de las modificaciones.
De nuevo, la asimetría se manifiesta cuando se utilizan sanciones -en el caso de Rusia- por actos de países que no son usadas para otros -Israel- o para el propio hegemón.
El falso fin de la historia.
El mundo unipolar que derivó tras la caída del régimen soviético ya no existe. Y la realidad es otra que no desaparece por no ser deseada por aquellos que siguen imbuidos por el sistema de creencia y apoyo pleno a lo occidental.
Francis Fukuyama en El fin de la historia y el último hombre, 1992, nos señala que la disolución de la URSS es la victoria de las democracias liberales como único paradigma que queda.
Su idea hoy no se cumple y el marco general de pensamiento único, sin necesidad de ideología y con una política internacional exclusivamente económica, ha saltado por los aires con la irrupción de China.
Esta orgullosa visión duró un tiempo, pero no se cumplió en plenitud, quizás porque el proceso de homogenización prometido en torno a la democracia, la libertad y una economía capitalista no fue capaz de satisfacer ni cerrar las necesidades y distancias entre países menos desarrollados.
China fue usada por ingenieros sociales con una visión economista y utilitarista que favoreciese a Europa y EE.UU. y que finalmente se volvió en contra.
“No se trató de competir con las mismas reglas para innovar y favorecer la extensión de bienes y servicios y que estos llegaran al mayor número de personas, sino de emplear la hegemonía política y moral para sacar réditos empresariales, aumentando la esfera de poder sobre pueblos “bárbaros”.”
Fue EE.UU. quién creyó que China sería una gran ubre para occidente que acabaría convirtiéndose, desde la modernización, en un país de estilo occidental, democrático, y para ello facilitó durante tres décadas todo tipo de cooperación, incluida su aceptación en la Organización Mundial del Comercio (OMC).
EE.UU. en 2001 franqueó a China esta entrada, creyendo que podría ser colonizada democráticamente y a un sistema económico capitalista, como pudo con los países del Este de Europa.
Pero China es una civilización milenaria que no había cambiado y tenía otros planes.
Utopía de la desconexión con China.
El proceso de globalización ha beneficiado a China en un plan fallido de EE.UU.
Como consecuencia paradójica EE.UU. se ha convertido en líder del proteccionismo comercial frente al intercambio libre y sin restricciones de China – si bien con algunas posibles “trampas” o ventajas que algunos señalan-.
Todo ello dentro de la relación simbiótica larvada durante décadas que mantiene una interdependencia que todavía conviene tanto a EE.UU. como a China.
La desconexión es una ilusión…
En Europa la reducción de las barreras ya benefició a las exportaciones alemanas y las importaciones baratas made in China.
El ascenso de China está cambiando el mundo, haciendo que la hegemonía de occidente quede prisionera en un paradigma desfasado e incapaz de ver el mundo desde otra atalaya que no sea la propia.
Ya debemos ser conscientes de que China no se convertirá en lo previsto: una nación de estilo occidental.
Sólo reducido al ámbito económico y tecnológico se puede afirmar que China es occidental.
La confrontación se mantiene en varias vertientes: monetaria, tecnológica, geopolítica...y se manifiesta en amenazas militares y económicas con la vista puesta en un potencial detonador: Taiwán.
Se mantiene una coexistencia pacífica al borde de un conflicto en torno a la trampa de Tucídides. Una potencia emergente mantiene una tensión que desafía a la nación hegemon.
En este caso, la nación emergente hace gala del poder blando con una política exterior que elude el enfrentamiento militar y utiliza pactos económicos para su influencia internacional.
El sueño chino de convertirse en un país potencia global con una importante clase media, economía innovadora y tecnología puntera no parece ser resuelto a través de un conflicto.
Ray Dalio y otros hablan de conflictos interrelacionados EE.UU., China y Europa que a su vez alimentan un conflicto mayor que se desarrolla lentamente.
Para EE.UU. la duda está en seguir provocando aceleradamente un conflicto ante de que China esté más preparada o evitar la confrontación a toda costa.
Para Kissinger, el verdadero riesgo de EE.UU. y su hegemonía sería una unión Euroasiática entre Rusia, China y Europa.
Mientras que China es cada vez menos dependiente de EE.UU., al mismo tiempo lleva años tejiendo una red de lazos comerciales en África, Sudamérica y sudeste asiático que incluye cada vez más a Europa.
La política reciente de Trump ha permitido a China una oportunidad estratégica de presentación como socio global no agresivo y estable. Un problema para Europa que se ve forzada a decidir el tipo de relación económica y política con un país no democrático al este de EE.UU.
La visión a largo plazo y paciente de China es su mejor factor para conseguir su objetivo.
El fin del Estado Nación.
Un matiz importante de la visión política de China es la de que ellos no se consideren, ni son, un Estado nación al uso de los que se originaran tras la Paz de Westfalia en la Europa del siglo XVII.
China es un estado civilización que está dotado de una cohesión interna y una estrategia que mira más allá en el horizonte temporal.
Un país que no “sufre” los procesos electorales occidentales que alternan gobiernos que finalmente ceden la soberanía a estructuras de poder supranacionales.
La construcción de Europa se ha convertido en un ejemplo de tendencia orwelliana que señala una única solución para supervivencia a través de una unión entre teórica y conspiranoica que, si en algo ha devenido ciertamente es en un proceso destructivo de valores, de la sociedad y del propio sistema político.
El enfoque del Estado Nación fue impugnado durante el auge del marxismo, si bien con episodios previos en la historia, intentando modificar la escala de valores y situando por encima el compromiso de los individuos en la clase social sobre el componente nacional o la patria.
Estos teóricos marxistas ya descubrieron en 1914 con la primera guerra mundial que se habían equivocado y que la lealtad nacional primaba sobre la conciencia de clase. Tuvieron que hacerlo por la fuerza…
Mearsheimer señala que cada nación tenía un conjunto distinto de creencias y prácticas compartidas y diferenciadas de otras naciones. Y estos valores, esenciales y desarrollados evolutivamente en la historia prevalecieron.
Desde Reino Unido y EE.UU., las potencias occidentales pretendieron justificar un mandato divino para el uso de cualquier recurso que les permitiera modelar el orden mundial: guerras, colonialismo, aranceles…
Todo aquel que no seguía al líder, sobre todo tras la segunda guerra mundial, sería apartado a un lado en el camino de la historia. Por todos los medios. Incluido los golpes de estado.
Todo ello contribuyó a la balcanización por un lado y la creación de nuevos entes supranacionales. Volver al pasado y encontrar un nuevo futuro, que en cualquier caso deteriora a la clase media desarrolladas durante el espacio de siglos siguientes a la consolidación de los estados nación.
Las clases medias eran el punto de equilibrio o centro de gravedad de entendimiento. Pero se van perdiendo ambos, clase media y entendimiento.
Otras claves de la desaparición de la clase media son la educación y la cultura, propuestas desde la antigüedad griega desde la Política de Aristóteles, y la aberración financiera que se produce con la desaparición del patrón-oro por el patrón dólar-deuda que, ha ido recortando el peso de la clase media desde 2008 y la COVID.
Dos factores ponen en riesgo el Estado Nación: la injerencia de la primera potencia mundial y el deterioro de la clase media.
Mientras, fuera del statu quo atlantista -y en algún caso dentro como España- países no alineados se permiten coqueteos convenientes para intereses propios con China, entendiendo que la pax americana es un control.
A China no le define un sentimiento nacional, sino algo superior: la idea de civilización milenaria conectada con su pasado remoto -quizás nuestro pasado remoto pueda ser el cristianismo primitivo y la Grecia clásica- .
El chino tiene un fuerte sentido de la historia de la que y en la que todos viven siendo herederos y portavoces.
Entonces, China suma a su cuestión identitaria en primer lugar la idea de Estado civilización que conjuga con un catecismo comunista que enlaza verdades anteriores y remotas que señalan que la frontera china trasciende las líneas geográficas occidentales.
Y otro punto esencial es la reverencia a la meritocracia y la educación de calidad, reminiscencia confuciana, por la que se entiende que una correcta educación, tutela y crianza infantil es promotora de actitudes, valores y autodisciplina.
Si bien China ha podido cambiar por fuera hasta ser irreconocible, existen obstinadas líneas de continuidad no siempre visibles, pero reconocibles, que generan la autoconciencia china que mantiene puntos de referencia estables: familia, pensamiento, costumbre, cultura, medicina, comida, etc..
La realpolitik china no tiene ambiciones territoriales ilimitadas, sino que prefiere una periferia dócil, controlada, dependiente y en algunos casos dividida que, nunca sea una amenaza.
China siempre tuvo enemigos para vivir con seguridad absoluta y entendió que su destino era el de una seguridad relativa. La paciencia para acumular ventajas relativas es su mayor fuerza.
Cambio en las estructuras del poder mundial.
Todo lo dicho, no estamos queriendo decir que China no esté interesada en un cambio de estructura de poder mundial que le favorezca.
Lo que cambia es el método.
El gran renacimiento de la nación china que promueve Xi Jinping se orienta en recuperar la centralidad en la escena internacional: territorio, decisión, economía, política…
Todo ello respetando las estructuras económicas y políticas de los países.
China no quiere imponer su modelo. Pero tampoco es un modelo aislacionista.
Solo quiere una esfera de poder sin ánimo militar ni reformas impuestas. Una colonización económica y cultural, pacífica y voluntaria.
¿De momento..?
EE.UU. teme que China sea quien saque a Europa de su crisis económica recurrente, gracias a su industria energética y tecnológica, y sea capaz de colonizar las empresas e industrias de valor en Europa.
China propone un enfoque de relaciones internacionales sobre la teoría del realismo moral que le haga pasar de un perfil bajo en política exterior a un enfoque más preventivo que tenga un fundamento no solo en economía o poder militar, sino en legitimidad moral, basada esta en una visión colaborativa de las relaciones internacionales.
La otra opción que estamos presenciando es la del bocado de la doctrina Monroe de EE.UU.: acoso, coerción, sanciones y bloqueos.
La batalla por el relato sobre qué modelo elegir estará determinada por la capacidad de EE.UU. y China de saber manejar el poder blando ante la desconfianza que genera tener que abrazar uno u otro.
Es una difícil decisión si quieren competir o colaborar. O quizás una combinación controlada.
EE.UU. parece fijarse un objetivo de contención a Rusia y mejorar competitividad contra China.
Para Europa podría ser una oportunidad para acelerar el proceso de integración que mejore su posición geopolítica.
Para ello cobra relevancia el interés por aumentar el gasto militar y el subsidio a las multinacionales europeas. “O somos capaces de hablar con una sola voz en defensa de nuestros valores e intereses o caeremos en la irrelevancia”.
Será difícil que Europa mantenga el 50% del gasto social mundial con solo el 5% de su población, en una situación de policrisis (Adam Tooze) en torno a una confusión generalizada, influencia de la crisis COVID, el enemigo invisible de la emergencia climática y la guerra contra Rusia.
Los problemas y retos de Europa son consecuencia de sus propios pecados que se focalizan en la destrucción de la economía alemana.
Nos queda bastante por ver...




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