Hacer política
- yosorep
- 6 ene
- 3 Min. de lectura
La política se ha convertido hoy en una intervención casi obligatoria, sostenida por incentivos que no exigen capacidad real para decidir.
Los incentivos bastan para justificar la incapacidad.
Y, sin embargo, solo benefician al decisor.
Las consecuencias recaen siempre sobre quienes sufren o participan del resultado.
El político no se juega nada.
Nunca.
En ningún momento.
Decide desde un sistema lineal, estrecho, incapaz de comprender la complejidad del mundo.
Al no arriesgar su piel, tampoco desarrolla un sentido práctico.
No aprende de la historia ni de los errores ajenos.
Primero decide; después construye la narrativa que lo justifica.
Los más perversos ya tienen la falacia preparada antes de decidir.
Taleb resume sus errores en tres:
Pensar en estático. Ven el primer paso, pero no la cadena de pasos que exige cualquier objetivo.
Reducir lo complejo a una línea. Usan escalas unidimensionales en un mundo multidimensional. El ceteris paribus no existe.
Pensar solo en sí mismos. En su acción, no en las interacciones que desencadenarán en los demás.
Los tontos educados dominan el mundo.
Y lo hacen peor que muchos de los que no presumen de educación.
Jugar con la vida de los demás
“No se debe intervenir en un sistema plagado de incertidumbre ni actuar donde los inconvenientes son grandes si no se conocen las consecuencias”.
Pero esto ocurre porque quien decide no sufre los inconvenientes.
Siempre puede refugiarse en el comodín de la incertidumbre.
Nunca paga el precio.
Los tontos educados que “nos representan” son megalómanos, narcisistas, encantadores de serpientes.
No pagan por sus decisiones.
Encandilan con eslóganes vacíos, palabras reinventadas, conceptos huecos.
Hablan de “democracia” mientras alimentan la guillotina simbólica muy original hace más de dos siglos.
Tienen la educación suficiente para hacer daño, y la responsabilidad suficiente para no asumirlo.
Sus decisiones carecen de la justicia que proclaman.
La única justicia válida es la ética.
Y su principio básico debería ser el de la medicina: ante todo, no hacer daño.
Pero no lo conocen.
Son pacificadores que multiplican conflictos.
La piel en juego
La historia muestra que quienes gobernaban entonces arriesgando su vida —desde Juliano el Apóstata hasta los príncipes que combatieron en Malvinas— estaban expuestos a las consecuencias.
Ser señor implicaba exponerse.
Desde la Paz de Westfalia, la política ha ido separando al decisor de su destino.
La burocracia es precisamente eso: una estructura diseñada para separar a la persona de las consecuencias de sus actos.
La centralización ha facilitado esta irresponsabilidad.
Quien busca justicia sabe que la solución pasa por localizar las decisiones, por impedir que los tontos educados sigan salvándose entre sí.
Porque, como dice Taleb: “la descentralización se basa en la simple idea de que es más fácil hacer macromierda que micromierda”.
Complejidad, crisis y complacencia
Si no descentralizamos y distribuimos responsabilidad, la realidad hará su trabajo.
Los desequilibrios acabarán por derrumbar el sistema.
Solo habrá dos salidas: reparación o destrucción.
El problema —como en 2008— es que, incluso cuando el sistema cae, los planificadores conservan los beneficios acumulados.
Taleb lo llama comercio a lo Bob Rubin: si sale cara, gano; si sale cruz, culpo al cisne negro.
Nos hemos acostumbrado a aceptar malas decisiones.
A cubrir sus riesgos.
A pagar sus pérdidas.
A defenderlos como si fueran nuestros, en un extraño síndrome de Estocolmo político.
Cuando lo único que nos une es el dinero que se llevan.
Que es el nuestro.
Los Bob Rubin ya tienen la narrativa preparada: “la culpa es del mercado”.
Pero el mercado no llamó a nadie para intervenir contra su libertad.
El verdadero perjudicado en 2008 fue el mercado libre, convertido en chivo expiatorio por intervencionistas sin piel en juego.
Cada vez que interviene el Gobierno, lo hace para eliminar la asunción de riesgos.
Y así seguimos: pagando nosotros lo que ellos deciden sin pagar.



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