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Juan no describe un nacimiento, sino una revelación. Jn 1, 1-18.

  • yosorep
  • 25 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

Qué bien lo revela Juan.


Solo hace falta escuchar.


Atender.


Dejar que la Palabra nos alcance.


Las palabras del Evangelio no son reels.


No buscan entretener.


Son profundidades de las marianas.


Invitan a sumergirse.


Hay que bajar al valle.


Tocar la humildad.


Solo así se pueden escalarlas montañas altas de la vida.




El Verbo era Dios.


Sin Palabra no existimos.


Somos humanos porque somos llamados.


Porque Alguien nos dice: .


El nacido estaba al principio.


Y nosotros también estábamos en su plan primero.


En Él estaba la Vida. Y la vida solo es Vida si es Verdad.


Si es Amor.


Si señala un camino que espera ser revelado.


Vemos.


Brillamos.


Esperamos.


Amamos.


Testimoniamos.


Como Juan el Bautista: no somos la Luz.


Somos testigos de la Luz recibida.


Luz para la Vida, esperanza.


El Verbo era la Luz.


Amor que alumbra.


Amor que traza señales.


Amor que abre un Camino.


El propio.




Él creó la fiesta.


Él nos invitó.


Él nos hizo libres.


Y aun así, a veces, no lo buscamos en la fiesta.


Porque nos dio el poder de ser libres y conscientes.


Y esa elección no nace de carne, ni de sangre, ni de deseo.


Sino del Espíritu que viene de Él.


Por eso somos hijos.


Y aun así, hoy, nos ofrece la opción encarnada.


El testimonio.


La gracia que señala el Camino.


Un camino que se pisa con la Verdad del Amor.


De Él recibimos gracia.


Ley.


Principios.


Y, sobre todo, gracia para conocer la Verdad amorosa de su propuesta.


Nadie ha visto a Dios.


Pero hoy celebramos que el Hijo único lo revela.


Hoy nace el Maestro.


El que se da a conocer para que nos conozcamos.


Para que todos se conozcan a sí mismo.



 

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