La crisis de la libertad.
El aprecio de la libertad está en crisis hasta el punto de poder aceptar su confusión como la señalaba Montesquieu:
El pueblo ruso creía que la libertad consistía en poder dejarse la barba larga.
Muchas personas la han considerado un bien metafísico y en otras culturas la han tildado de una manía occidental.
Y la libertad tampoco es una propiedad de la dignidad del hombre.
La libertad es una gracia dada por Dios, para los que así lo creen. Como regalo de nuestra contingencia.
Dios es esencia y no necesita libertad, pero a nosotros nos da la libertad para ser lo que estamos destinados a ser o lo que elijamos.
Las cosas del mundo no se crean, están ahí y son encontradas en función y gracias a nuestra libertad y la gestión inteligente que usemos con nuestras limitaciones.
La predestinación no existe.
La libertad queda manifestada en función de nuestra capacidad de usarla.
Siendo libres, muchos de nosotros jamás lo hemos sido ni lo seremos sin nuestra parte de acción.
El proceso de liberación solo se manifiesta en tanto en cuanto saltamos los factores internos o externos que nos limitan.
Quizás ahí encontremos la libertad.
Y es necesario dejar atrás alguna confusión.
Para los que creen y consideran que Dios es providente, sin estar equivocados y abandonar esa fe, esta providencia confundida como la que se tiene sobre un gobernador benefactor o una autoridad sabia, en tanto en cuanto nos abandonan a la complacencia de una guía sin intervención ni decisión personal, estamos confundiendo la realidad y renunciando a la libertad y la felicidad.
Ser cristiano no debe confundirse con confiar y obedecer.
Se ama y se cree en Dios, pero su providencia se manifiesta en la capacidad de descubrir, desde nuestra esencia, desde quienes somos, hasta la Verdad y el mundo.
Y eso solo se hace desde nuestra libertad que es nula sin la acción, la decisión y el uso inteligente de nuestras capacidades y carismas.
Dios providente no es un Estado facilitador.
La libertad debe entenderse como un valor supremo e importante para el ser humano, que además de acercarte a Dios, te aproxima a tu esencia contingente, y te permite gestionar la felicidad propia.
En definitiva, es tomar riendas de la vida como lo deja claro Stuart Mill: el propio modo de arreglar la existencia no mejor por sí misma, sino por ser la propia.
Es no dejarse embaucar por la cómoda caja de Skinner donde el dueño de la caja decide lo que es felicidad y cómo tenerla.
Abdicar de nuestra libertad es desactivar nuestra capacidad de pensar y decidir para permitir a otros expandirse hasta donde encuentren su resistencia.
La historia nos devuelve cientos de casos en los que la “democrática” suavidad de un tirano evolucionó hasta su tiranía.
Y como todos somos libres, los que decidan abrazar la servidumbre disponen de esa libertad para orientar su destino.
Sin embargo, no tienen libertad para intervenir en el de otros.




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