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La paradoja del profesor.

yosorep
16 sept
3 min de lectura

 

Una paradoja o aparente incoherencia es lo que en muchos casos la práctica nos devuelve sobre el comportamiento del profesor o el experto.


Este, atrapado en una especie de torre de marfil, no es capaz de mirar más horizonte que el que le pone delante su mente condicionada: el confín de su especialización sesgada por la emoción de su prestigio intelectual.


Debe primar más la curiosidad y la humildad, antes que la aparente racionalidad que no se gira a lados y espalda para valorar incertidumbre, cambio, novedad…


Ilusoria sensación de competencia…


Pero para cultivar la curiosidad y la humildad tenemos que dejar a un lado la ilusión de competencia .


Porque a decir verdad, la psicología cognitiva muestra que la sensación de competencia no es solo un error: es un mecanismo adaptativo que nos permite actuar sin quedar paralizados por la duda.


El problema surge cuando este mecanismo se vuelve crónico, especialmente en entornos donde el prestigio intelectual se convierte en identidad.


La sabiduría no consiste en eliminar la ilusión, sino en saber detectarla y ponerla entre paréntesis cuando es necesario.


Sergio Parra nos señala que podemos salvar esta ilusión accediendo a dos opciones.



Una primera y difícil de encontrar, por difícil acceder a una persona con una sabiduría suficientemente profunda que le permite ver el mundo desde una perspectiva más elevada que se ampara en la capacidad de dejar espacio para lo nuevo entre lo ya conocido y refutado.


La persona que no es afectada por la ilusión de certeza.


Sería necesario señalar que la humildad epistémica es la única defensa contra la petrificación del experto


La humildad no es modestia ni retraimiento: es una estructura mental que permite convivir con la incertidumbre sin perder eficacia. En filosofía de la ciencia, esto se llama fallibilismo: la conciencia de que todo conocimiento es provisional.



 

Una segunda, institucional y colectiva que supone hacer uso de una institución que cultive la duda productiva y un entorno favorable a la reflexión crítica. 


Esta debe provocar unos empujones recurrentes, nunca impositivos, favorecedores de la curiosidad y el espíritu de reversión.


La curiosidad no es un rasgo infantil, sino una fuerza cognitiva que rompe inercias.


Las instituciones que cultivan la duda productiva no buscan generar inseguridad, sino reintroducir la curiosidad como mecanismo de corrección.



El dominio técnico y la acumulación de saber incuestionado debe ser superado por la elasticidad intelectual.


Esta permite revisar posturas y posibilitar transformar las creencias ante las evidencias.


Una mente capacitada para la constante evolución.


 La elasticidad no es cambiar de opinión constantemente, sino tener una estructura mental capaz de absorber evidencia sin quebrarse. Es la diferencia entre rigidez (que se rompe) y resiliencia (que se adapta).

 

Todo ello se aplicaría en las tres esferas de la educación, la ciencia y la empresa.


Para ello la educación debería salvar la exclusividad de las pruebas estandarizadas para forjar la capacidad de cambiar de opinión como posibilidad de sobresalir demostrando apertura y crecimiento intelectual.


En la ciencia más que acumular publicaciones o descubrimientos menores, promover el valor y la audacia de abandonar teorías obsoletas o reformular preguntas fundamentales para la humanidad.


En la empresa, que la referencia sobrepase las metas alcanzadas para aplaudir la capacidad de salvar desafíos imprevistos. Una cultura de aprendizaje continuo y de fracaso que ajusta a la realidad.

 

Por último, saber entender que como en el ejemplo de la ecología, también es posible que las cosas que permanecen aunque pueden tener razones que aparentemente ilógicas están soportadas por una mirada que necesita la amplitud de la complejidad.


Porque como dice Taleb, lo aparentemente irracional que sobrevive al tiempo, tiene más posibilidades de una definición o mirada incorrecta por nuestra parte de racionalidad.


Porque tampoco se trata de quitar las vallas de Chesterton. Como el dice, es necesario la razón de ser de las cosas antes de prescindir de ellas. Lo que parece obsoleto puede cumplir funciones esenciales no visibles a primera vista.


Juntos estos autores forman una ética de la prudencia: no destruir lo que no entendemos y no idolatrar lo que ya no funciona.


Es necesaria objetividad y profundidad en las observaciones y críticas.


 

 

 

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