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LOS HECHOS SON CIERTOS, LAS NOTICIAS FALSAS.

yosorep
12 jun
5 min de lectura

 Taleb pone con un ejemplo personal como los periódicos, como cualquier medio de comunicación tergiversan los hechos expresamente para dar la noticia a su público.


Es algo que si no somos ciegos o no queremos ver está muy presente en nuestra sociedad y en el país en que hoy vivimos.


Estamos viviendo como se desmontan miles y miles de noticias que han intentado en los últimos años esconder la realidad.


Ocurre constantemente y es algo que personalmente me puso en guardia en su día Alexis de Tocqueville en sus dos volúmenes de La Democracia en America.


Si bien en el primer volumen de 1835 habla de libertad de prensa, es en el segundo donde desde un análisis psicológico, moral y cultural de cómo piensa el “hombre democrático”, de cómo se forma la opinión pública, cómo opera la igualdad en la mente y en las costumbres, anticipa con una lucidez casi profética la facilidad con la que una sociedad democrática puede preferir la opinión cómoda a la verdad incómoda, la narrativa a los hechos.


Tocqueville anticipa que la sociedad democrática aceptará la mentira antes que la verdad y observa que en Estados Unidos la mayoría no solo gobierna políticamente, sino mentalmente.


Cuando la opinión mayoritaria se consolida, quien la contradice es aislado, pierde reputación, o incluso es tratado como sospechoso o antipatriótico.


Esto crea un mecanismo psicológico por el que es más seguro repetir la opinión dominante que buscar la verdad. Y esta idea es fundamental como actual.


Esto es exactamente lo que hoy llamamos cámara de eco, polarización o posverdad.


Tocqueville detecta que la igualdad democrática produce un efecto inesperado:


  • cada ciudadano se siente tan competente como cualquier otro,

  • nadie reconoce autoridades intelectuales,

  • la opinión pública se convierte en el único árbitro.


Como resultado de todo ello, la verdad deja de depender de los hechos y pasa a depender del número de personas que creen en ella.


Esto anticipa perfectamente el fenómeno contemporáneo de la “noticia viral” que se acepta por repetición, no por verificación.


En el volumen primero, Tocqueville ya advertía que la libertad de prensa en democracia produce:

  • muchas voces,

  • mucha competencia,

  • mucha prisa por publicar.


Y concluye que esto genera información superficial, exagerada y a veces falsa, pero que el ciudadano democrático la acepta porque es rápida, es emocional, y sobre todo confirma sus prejuicios.


La prensa democrática favorece la velocidad sobre la exactitud.


Cuando la opinión pública sustituye a la verdad, Tocqueville afirma que la democracia corre el riesgo de crear una nueva forma de despotismo: el despotismo de la opinión.


Cuando la opinión se convierte en autoridad moral, la verdad factual pierde fuerza. Esto es exactamente lo que hoy vemos en fake news, narrativas identitarias, tribalismo político, “verdades” que se imponen por presión social.


Todo esto que nos debería sonar hoy y si eres crítico reconocer y rehusar participar en ello, lo anticipa este francés hace doscientos años, cuando la democracias moderna estaba en pañales.


Pero volviendo a Taleb, que es quien pone el título al capítulo y esta entrada cuando los medios tergiversan o mienten para dar la noticia a su público deberíamos ser críticos y descubrir el camino que nos señala.


Su camino no es el correcto, desde los hechos hacia las conclusiones sino que, desde sus conclusiones apriorísticas, crean una narrativa adecuada a estas.


En definitiva, los medios de comunicación tienen un problema de agencia que los hace inútiles más allá de un pasquín ideológico que vocea lo que quieres creer.



El periodismo no es compatible con Lindy. Y tarde o temprano el mentiroso es apresado por su mentira y desaparece.


La información en las organizaciones se transmite de boca a oreja en un circuito de doble sentido, en el que a las personas poco fiables se les concedía menos importancia y credibilidad.


Antes de los periódicos y medios, la gente no se dejaba engañar dos veces.


La prensa y la televisión son relatos unilaterales y ello conlleva el riesgo de poder ser controlado por intereses.


Sin embargo, los hechos son aliados del efecto Lindy, y el tiempo se convierte en juez de la fiabilidad y una ventaja a largo plazo.



El problema de agencia en los medios es sistémico.


Es estructural.


Solo se corrige con el colapso, si bien, en casos como España actualmente, como pasa con los mercados financieros, tiene la protección del poder que los utiliza y se aprovecha de tus impuestos.


Pero en casos como estos, el periodismo es capaz de autodestruirse dentro del juego problemático de la agencia, a costa de su público.


Terminará echando a los menos aborregados de la sociedad.


La libertad de información no puede llegar a ser abusiva de su propio concepto y en muchos casos estamos viendo como el periodismo se convierte en uno de los problemas de agencia más relevantes de la sociedad.


El periodista se preocupa mucho más de la opinión de sus compañeros que de la de sus lectores y de su juicio. Me refiero, claro está a los malos periodistas, de los que no se juegan la piel con críticas al sistema, creando diversidad en vez de mono cultura.


Es cierto que su profesión es insegura y por ello corruptible, y solo jugándose el ostracismo de sus compañeros, pueden tener la libertad de informar hechos y no conclusiones narradas.



La ética del desacuerdo.


Según Taleb se debería aplicar la regla de plata a los debates intelectuales. Empezando por el hecho de querer que sea un debate, que en muchos casos es suponer demasiado.


Normalmente se critica a una persona por lo que dijo, no por lo que quiso decir. Lo primero, además de en muchos casos premeditación conserva detrás una falta de actitud intelectual.


Pero también es cierto que esa crítica tiene en la mayoría de los casos un sensacionalismo y potencial de difusión mayor.


Y también, para algunos emisores es más fácil aceptar lo sencillo y el pseudorracionalismo que desarrollar una actividad de comprensión más amplia y crítica de las ideas.


Por eso, como dice Taleb, políticos, charlatanes, y algunos periodistas son cazadores de fragmentos para llevar a cabo aquello de “dame unas líneas escritas por un hombre cualquiera y encontraré razones suficientes para colgarlo”, como en la revolución francesa.


En vez de abogar por los hechos son ciertos, las noticias falsas que dijera el mediático y polémico Donal Trump.


Karl Popper o Hayek, por poner un par de ejemplos, conocía las posturas a las que se oponían como si fueran suyas para ser capaces de refutarlas.


Por eso lo conseguían y era capaces de discutir, sin necesidad de la tergiversación ni el sensacionalismo, sin necesidad de acudir a los sentimientos.


Hoy día el problema no está en la mentira en sí, sino en el propio sistema que permite y acepta suministradores de calumnias, los cuales en el mundo antiguo no tendrían público ni sobrevivirían.


El principio de caridad señala que debemos intentar comprender el mensaje del otro como si fuera propio, desde la compasión y el reflejo, como dice Franz Jalics.


Esto es compatible con el efecto Lindy.  


Taleb abunda que ese principio se desarrolla desde el siglo pasado en la filosofía en sustitución de viejas prácticas éticas que dejaron de utilizarse.


Cuando la opinión se vuelve más ruidosa que los hechos, la verdad no muere: se retira. Y en ese silencio, solo quien conserva la dignidad de pensar por sí mismo puede seguir escuchándola.

 


La verdad sitiada. Fuentes: Taleb y Alexis de Tocqueville.

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