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MISERIAS DEL NIHILISMO, EL AMORALISMO Y EL REALTIVISMO: COMO EMPEORA EL SUBJETIVISMO EL MUNDO.

yosorep
11 abr
11 min de lectura

El nihilismo goza en la actualidad una salud envidiable apoyada por la difusión cultural que nos rodea.


La máxima nihilista más dañina es la de señalar que la vida no tiene sentido.


Pero también otras como que Dios no existe.


Tampoco el libre albedrío, ni lo justo es objetivo.


Todas abrazadas por la ideología subjetivista, para el que la única verdad es el materialismo.

 


Para nihilistas y subjetivistas, que los hombre y mujeres deban tener los mismos derechos es una objetividad que no aceptan por convicción sino porque la sociedad en que viven ha llegado a ese progreso.


Sin embargo, ya luchan contra ello por medio de su ideología aprobando leyes que quieren marcar un cambio en esa convicción de la naturaleza humana que el progreso moral ha conseguido llevar hasta nuestros días por una política positiva.

 

Esa débil convicción es la que hace que sean capaces de defender que la ablación no es mala.


Porque para ellos, toda afirmación moral es falsa.


Las preferencias culturales valen más que los valores y principios morales.

 


Para el nihilista el bien y el mal son ilusiones cognitivas porque solo existe el realismo cromático, pero, no existe el realismo moral.


Niega que pueda existir una experiencia universal humana: placer, dolor, estrés o angustia.


Están descapitalizados de compasión.

 


De hecho, Nietzsche promueve un nihilismo activo, el superhombre creador de sus propios valores, en contra del nihilismo pasivo, la compasión, que no permite evolucionar al hombre.


Quizás para el nihilista de hoy la compasión sea un indiferente, una mera preferencia.


Pero podríamos catalogar como ignorancia histórica afirmar que la vida humana no es mejor o peor por la universalización de la compasión.

 


Gianni Vattimo, nihilista contemporáneo y multiculturalista, afirma que toda pretensión de alcanzar la verdad es una búsqueda de imponer el poder y la objetividad una invención que justifica el dogmatismo y la violencia.


La verdad puede ser mal usada y servir de herramienta de juicio, pero el problema no está en la verdad propia, sino en su uso.


“Matar por amor” no hace que el amor sea malo.


Para el en el mundo no hay verdad. Solo relatos.


Y de ahí colige que la libertad está en elegir entre pluralidad de opiniones, porque nada en conciencia es verdadero.


Para el las opiniones no son solo un derecho, sino que todas son respetables.


De ahí viene la libertad….


Para matar, robar, violar o mentir…

 


Para el posmoderno, quien cree en el bien, la verdad, el amor o la belleza como objetivas y universales es una suerte de neurótico.


Pero la realidad es tozuda y demuestra lo contrario.


Porque la sociedad oculta en un culpable silencio que hay más gente enferma por motivos morales (de su falta) en una paradoja que señala la necesidad de una mayor salud mental y gasto en ella, mientras no atajamos las causas.


Los estados que promueven prosperidad y justicia a través de trabajo digno, descanso y bienestar no compran el lema de: “levantemos tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias”.


Este lema es el que favorece narrativas subjetivistas y nihilistas que promueven ideologías inmorales y que, solucionan sus consecuencias son atajos provenientes de la química, como las benzodiazepinas.

 


Gran parte de las personas que se “rompen” lo hacen porque sus estructuras personales son frágiles.


Especialmente los jóvenes que en su mayoría han vivido alejados los últimos años de una educación moral que antaño permitía la robustez, cuando no la antifragilidad.


Algunos jóvenes ahora encuentran en la religión aquella capacidad de fragüe para sus estructuras personales que el modernismo, el nihilismo y la subjetividad se encarga todavía de generar aluminosis en la moral.


A muchos de los que sufren ansiedad, depresión o angustia lo que les ocurre es que se han alejado de principios y valores morales fundamentales para el sentido de la vida.

 

Porque la vida no es una enfermedad incurable y mortal de necesidad.


Lo que para el nihilismo es una patología humana, el simple hecho de vivir, no lo es para el que cultiva la conciencia y es capaz de encontrar un proyecto de vida con sentido.


Y la moral y la ética es fundamental en ello.

 


La posmodernidad está siendo capaz de generar jóvenes de pensamiento débil que adolece de principios rectores para convertirse en ciudadanos en blanco o vacíos.


Una base de cemento o barro frágil que se rompe al mínimo contacto de calor o con cualquier golpe de la vida.

 


La ideología de transgénero, está dañando a mujeres y a hombres, pero sobre todo a jóvenes.


Señala al género como artificio social y la reproducción una imposición sistémica de heterosexualidad obligada.


Separa el sexo del género y en su materialismo promueve pesadillas de identidad que aprovecha el mercado para sus negocios, beneficia a sus ideólogos y perjudica a las mujeres feministas.


De este modo el cuerpo se sobrepasa el respeto a las inclinaciones sexuales de cada persona a abanderar el cuerpo como construcción social.


El sexo binario como imposición de un sistema.


Bloqueadores hormonales para menores.


Y mientras todas estas personas son empujadas a la confusión sus consecuencias devienen en suicidios, problemas físicos como mutilaciones y una vida peor que tiene consecuencias.


En las personas que las sufren.


Y en los bolsillos de los que viven de esto, desde ideólogos y pseudo científicos a políticos que promueven leyes.


Todo es dinero….

 


Es a los irresponsables adultos que por motivos crematísticos y fanáticos, expanden sus maldades, infectando a los inmaduros, a quienes como a Sauron, hay que combatir hasta que sean derrotados.

 


Un virus posmoderno, el emotivismo, no distingue, sino que elije sentimientos.


Sin embargo, desde un punto de vista objetivo no se trata de descarar los sentimientos como aproximación a la realidad, sino de discernir los buenos de los malos.

 

En el universo subjetivista no hay prójimos.


Todo lo desvaloriza y lo particular lo convierte en intrascendente.


La humanidad es solo una infinidad de conjuntos disjuntos: las tribus.


De ese modo pueden apelar a la división que tanto les sirve a sus intereses ideológicos.


De este modo, lo inmoral se convierte en lo correcto, como cuando se acepta que la sola costumbre de un tiempo o lugar, como es cada vez más la aceptación de terroristas en las decisiones de estado así lo permita.


El subjetivismo así maneja la maquina de palabras o narrativas que desprovean de vocabulario para luchar por los justo y moral.


Normalizando el mal…

 


Por este modo de proceder que desactiva la lucha contra el mal, el subjetivismo nos avoca a un mundo de imposiciones, como puede ser el caso de que un sexo sea dotado de menos derechos que otro.


Hoy, la presunción de inocencia depende del sexo.


No existiendo verdades morales objetivas, el poder se impone sin posibilitar argumentos para la discusión.

 


La variedad humana y el pluralismo como posibilidad de opinión y discusión, no puede llevar a una indiferenciación nihilista de la moral que lo único que conlleva es a oscuridades.


No vale la expresión de Russel: “un código moral puede ser mejor o peor que otro (…) . La ética, por tanto, no se reduce al precepto único”.

 

El amoralismo es una versión menos contundente en lo subjetivo que el nihilismo, pero que es consecuencia de inmadurez más que de maldad o conveniencia.


Son aquellos decepcionados con el mundo porque ven que los principios no se aplican y la hipocresía está en muchas partes.


Al final terminan siendo acólitos de los que tienen clara su agenda.


Porque al final y en definitiva no se trata de hablar de moral sino de practicarla.


No es inteligente sino el que actual de esa manera. Tampoco moral el que no actual de manera ética o moral.



Pero hablar de moral no es parte del problema, pero tampoco es la solución si no se actúa.


Lo paradójico es que estos problemas subjetivos se plantean mayoritariamente donde el progreso moral ha alcanzado cotas mejores.


Y aunque necesarias, el amor en lo particular y el cumplimiento de las leyes positivas en lo público no cubren la completitud que suponen los principios morales objetivos.

 


Dentro del amoralismo, la teoría del error moral sostiene que todas las afirmaciones morales son falsas debido a argumentos que terminan por llevar a otra corriente conocida como abolicionismo moral.


Un interés cultural que defiende que anular la moral y lo relacionado con lo que es justo y bueno incrementaría la tolerancia y el compromiso.


Todo ello una narración sin contraste real para evitar las disquisiciones y hacer valer las experiencias personales.


Algunos llegan a justificar que ese abolicionismo favorece una libertad de la culpa sobre comportamientos inmorales que podría reportar beneficios personales aun a costa de algún potencial coste.


Burda justificación que en definitiva apoya teorías beneficiosas (en ingresos) para quienes las toman o defienden y con costes que dudo sean soportables o aceptables siquiera (mutación, vacío, suicidio, problemas mentales, etc…).

 


Por último, el estructuralismo decide que es bueno o malo de suyo.


Lo que hay es lo que debe haber, trazando un puente entre el relativismo cultural y el moral.

 

David Cerda afirma que es un error combatir el subjetivismo y sus corrientes, el nihilismo, el amoralismo y el relativismo como una cuestión académica.


Las ideas aceptadas producen efectos.


Y lo absoluto es mejor para la humanidad, la dignidad y el progreso de cada persona.


No vale aceptar como si fuera una preferencia de gusto una afirmación del tipo: usted está a favor de la bondad y yo prefiero los campos de concentración. Eso es subjetivismo moral.


Porque los valores solo son subjetivos en el modo en que se experimentan, porque es un acto individual, como ya hemos dicho.


Los valores son en realidad objetivos e inmutables, fácilmente confundibles con los principios.


El matiz clave está en que lo subjetivo no es lo mismo que subjetivista.


Los valores tienen un componente subjetivo en el sentido que:


  • Se viven desde la interioridad.

  • Se experimentan como algo que “me importa”.

  • Se encarnan en culturas, biografías, sensibilidades.


Pero eso no implica que sean meras preferencias arbitrarias, como quien elige vainilla en vez de chocolate.


En cambio, el subjetivismo moral, afirma:


  • Que no existe un bien objetivo.

  • Que todo valor depende exclusivamente del gusto individual.

  • Que no hay criterios racionales para discernir entre opciones morales.


La distinción que nos interesa es que los valores son la puerta de entrada afectiva a lo que consideramos bueno.


Son subjetivos en su modo de vivirse, no en su fundamento.


Los principios son la estructura racional y ética que permite evaluar, ordenar y discernir esos valores.


Son más estables, más universales, más normativos.


Los valores abren la experiencia del bien; los principios la ordenan y la hacen comunicable.


Subjetividad es una dimensión inevitable y valiosa de la experiencia moral.


Subjetivismo es una reducción de la moral a preferencias sin criterio.


Objetividad moral es una cualidad que no niega la subjetividad de los valores, sino que la ilumina y la orienta esos valores.

 


El deber en lo que a la moral y los valores se trata, según Robert Musil, es lo que la humanidad, en su justa autovaloración de su debilidad, ha levantado contra su propia debilidad.


Esto no tiene nada que ver con la “derecholatría” que inunda nuestra sociedad para en muchos casos silenciar a los deberes.


El deber es un fundamento del bien de modo que, si una persona se debe subordinar en cierta medida a la sociedad, en tanto en cuanto esta sociedad no se subordina al bien, esta sociedad no tiene legitimidad moral para exigir nada al individuo.

 

Lo primero es entender qué es la moral.


Y desde ahí poder reconocer que se puede estar moralmente equivocado desde la perspectiva de una objetividad moral.



La subjetividad moral no favorece la humildad.

 

Una incongruencia adicional de los subjetivistas es la de algunos que creen en obligaciones morales por el patrón “allá donde fueres, haz lo que vieres”.


Es una ambigüedad más del subjetivismo que genera confusión y que les permite calificar de imperialista a quienes sostienen que hay un bien universal que tiene en cuenta la dignidad de las personas.


Pero claro. Suele ser un estándar alcanzado en países occidentales y paradójicamente denunciado por los que se aprovechan de esos estándares.

 

Como resulta paradójico en muchos casos quienes en países occidentales defienden derechos que les amparan por moralidad, como es en el caso de las mujeres y sin embargo, cuando se trata de mujeres inmigrantes o de otro país, no defienden o les conceden el derecho o la dignidad que en occidente tienes y que tanto dicen defender.


No tienen razón de defensa, por eso suelen usar el comodín de señalar la intolerancia o estar en contra de la inmigración.


Se supone que el inmigrante aspira a los derechos y las oportunidades que esta zona del mundo les ofrece.


No sentirse orgulloso de estos logros morales es una muestra de acomplejamiento e ignorancia.


Y una señal de que todavía queda mucho que hacer…

 


“El subjetivismo no nos hace más tolerantes, sino más indiferentes”.


Es solo una coartada para no mancharse las manos ni hacerse responsable del mal ajeno.


Es importante señalar que sobre lo objetivo nadie decide, no es necesario, y de ello podemos colegir, como así es, que los subjetivistas solo tienen la posibilidad de la imposición y el fanatismo para alcanzar sus ideas.

 

Afirmar que “no debemos imponer nuestros puntos de vista morales” cuando hablamos de objetividad, lo que está diciendo es que debemos abandonar a la suerte a personas que podrían beneficiarse del progreso moral objetivo que supone, por ejemplo, las niñas a las que le realizan ablación.


El bien universal y objetivo supone y significa que tenemos un conocimiento y práctica que es de todos.


Conquistas reales que son de todos y disponibles a todos.


Son una mejora de la humanidad en su conjunto.


Por todo ello es una paradoja y una mentira los subjetivistas que se consideran progresistas y no reconocen las mejoras morales universales y que se deben dejar como estándares morales.


La arbitrariedad privada y subjetiva es una suerte de neblina sobre la racionalidad que solo puede beneficiar a los que la defienden.


Normalmente con incentivos ocultos, ya sean económicos o de otro tipo.

 


Como dice Taleb, lo racional es lo que sobrevive y progresa y por ello, es de esperar que es cuestión de tiempo que lo moral, ético y objetivo se imponga.


Porque allí donde no hay fuerza de la razón se impondrá la razón de la fuerza sobre los subjetivistas que solo quieren el poder irresponsable para acallar su conciencia.


Porque como políticos han expresado, la democracia -que siempre lo fue- se convierte en un instrumento, no un fin.


Y en el caso de los subjetivistas la verdad es lo que creen los ciudadanos que es verdad.


Esta expresión que solo busca los votos y el poder, pone a los pies de cualquier narrativa la posibilidad de alejarnos de alcanzar la verdad y la objetividad por incentivos subjetivos, personales y egoístas.


Expresiones como esta ayudan y dispone en su objetivo a los innovadores y manipuladores para conseguir sus fines, el poder, arramplando con los obstáculos éticos y morales universales y la dignidad de las personas.

 

Es la subjetividad la que permite los males políticos que hoy reflejan la ceguera política que lleva a perdonar a los nuestros lo que afeamos en los adversarios.


Los nuestros son los buenos…, hagan lo que hagan, defendiendo la bandera que corresponda y utilizando la polarización propicia para las personas sin escrúpulos.


Solo la moral objetiva y universal, por sí sola, evita la polarización.


Por eso es un enemigo de interesados mandatarios que necesitan eliminar lo necesario para acceder al poder.


Como se dijera en Un hombre para la eternidad, “cuando los estadistas abandonan su conciencia privada en aras de sus deberes públicos conducen a su país directamente al caos”.


Solo funciona lo objetivamente correcto basado en la moral.


Lo políticamente correcto va preñado de la subjetividad que conviene al que defiende sus intereses.

 

Y así desde la subjetividad en general y lo políticamente correcto deben negar la objetividad moral para sus fines abocando al desastre social.

 

Porque el sentido de la objetividad también está en el razonamiento de que, si no hay nada bueno ni malo, solo es cuestión de gusto o preferencia, cómo será posible progresar.


Desde las preferencias subjetivas solo pueden llegarse a “morales” inferiores que permiten paradojas como defender a las mujeres en occidente al tiempo que se dejan y permiten que malvivan y denigren en otras latitudes.


En ese momento, olvidan que se juega con personas que viven o mueren dependiendo de es objetividad moral o su ausencia.


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