La generación ansiosa
Sonia Pardo abre un artículo en El Confindencial con una imagen poderosa: un padre recibe la llamada de un millonario que le ofrece enviar a su hija a Marte, para siempre.

Nadie sabe qué le ocurre a un niño que crece sin gravedad ni aire terrestre. Y sin embargo, dice el psicólogo Jonathan Haidt, ya lo hemos hecho: hemos mandado a toda una generación a Marte sin salir del salón. El planeta se llama móvil.
El libro de Haidt, La generación ansiosa, sostiene que la irrupción de los móviles y las redes sociales en la infancia —a partir de 2010— coincidió con un colapso emocional: ansiedad, depresión, autolesiones, sobre todo entre las chicas.
La infancia de jugar en la calle fue sustituida por una infancia de pantalla, y algo esencial se rompió.
Pardo aporta un dato estremecedor: en 2025, 18 menores al día llamaron a la línea de ayuda de la Fundación ANAR porque no podían más.
Uno cada 80 minutos.
Pero ese gesto, dice, es también un acto de valentía: pedir ayuda es lo más difícil que existe.
En ese minuto de lucidez, el adolescente hace lo que define la verdadera fortaleza: seguir un poco más.
Haidt recuerda que hay cosas que se fortalecen con los golpes: un hueso, un músculo, el sistema inmune… y también un niño.
La adversidad es el entrenamiento de la vida.
Pero los adultos, con buena intención, hemos hecho lo contrario: los envolvimos en algodón para salir a la calle y los soltamos solos en la pantalla.
Les quitamos el riesgo, y con él, la oportunidad de hacerse fuertes.
Pero no todos aceptan la tesis de Haidt.,,
La revista Nature le reprocha que correlación no implica causalidad.
Pero el debate ya ha trascendido lo académico: países como Australia han prohibido las redes a menores de 16 años y las escuelas comienzan a sacar los móviles de las aulas.
Por debajo de esta discusión late una pregunta más profunda: ¿qué hace fuerte a una persona?
No el talento ni la comodidad, sino la capacidad de seguir.
Pardo cita un estudio en la academia militar más dura de EE. UU. en la que los que resistían no eran los más inteligentes ni los más fuertes, sino los que tenían ganas de continuar cuando ya no quedaban ganas.
El esfuerzo, concluye, cuenta dos veces: una para convertir el talento en oficio y otra para convertir el oficio en resultados.
Vivimos, sin embargo, en la época que menos ve el esfuerzo.
Las redes muestran el instante del triunfo y ocultan los años de trabajo silencioso.
Así criamos a jóvenes convencidos de que el éxito llega rápido, cuando en realidad todo éxito verdadero ocurre en silencio.
Pardo expone también un experimento revelador: dos pianistas con idéntico talento fueron presentados a un jurado, uno como “dotado natural” y otro como “trabajador constante”. Aunque todos decían valorar el esfuerzo, eligieron al primero.
Admiramos mal: premiamos el don y despreciamos el sudor.
El artículo profundiza en la psicología del fracaso.
“He fracasado” no es “soy un fracaso”.
Esa diferencia decide quién se levanta.
En un experimento con niños, los que fueron elogiados por su esfuerzo —no por su inteligencia— resistieron mejor las pruebas difíciles.
Aprendieron que su valor dependía de lo que hacían, no de lo que eran.
La autora subraya que hoy sabemos explicar nuestras heridas, pero no sabemos qué hacer después con ellas.
Entender el dolor no basta; hay que transformarlo en acción.
La seguridad personal no nace del éxito, sino de cumplirse la palabra que en definitiva es hacer lo que uno promete, aunque nadie lo vea.
Cada vez que cumplimos un propósito, el cerebro guarda una prueba de que somos capaces.
Y añade un hallazgo esperanzador: el llamado efecto Pigmalión.
En un colegio, los profesores fueron engañados para creer que ciertos alumnos —elegidos al azar— iban a destacar. Al final del curso, esos niños realmente destacaron.
La mirada de quien cree en ti puede cambiar tu destino.
El esfuerzo, concluye Pardo, no es solo el camino hacia el premio: es parte del premio.
El cerebro se activa y disfruta mientras se esfuerza.
Por eso valoramos más lo que construimos con nuestras manos, incluso si no es perfecto.
Lo que se deja a medias no deja huella; lo que se termina, sí.
La metáfora final cierra el círculo: el niño que se caía del árbol era el entrenamiento.
Al bajarle el árbol para evitarle el rasguño, lo privamos de aprender que puede levantarse. Querer bien a alguien no es evitarle la caída, sino estar al pie del árbol mientras trepa.




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